2 oct. 2009

Diálogo con El río de Cortázar: prolongación de la hidra


Increíble, lo que dijiste antes es increíble, no tiene ningún sentido. Siempre has sido una caprichosa. Ahora resulta que te quieres morir, que el día menos pensado vuelvo a casa y no estás porque has decidido al fin tener coraje. Parece mentira que aún sigas empleando esos códigos de honor, coraje, valor, arrojo, valentía. Siempre te ha gustado resumirlo todo a cuestiones éticas. Es ético quedarte, aunque tú ya estés muerta, porque lo cobarde es abandonar, es decir, la acción dura, el gatillo que nos deje a los dos por fin descansar. Pero también es ético marcharse, el verdadero coraje consistiría entonces en enfrentarse a la muerte cuando uno lo decide, en perderle el miedo a las palabras y en asumir, de una vez por todas, que esta vida de mierda no merece la pena. Pero también está esa otra, la de que tu maldita vida de burguesa acomodada es demasiado poco como para tirarse del puente, que si al menos tuvieras la posibilidad de morir por una causa noble, una revolución o la defensa de los oprimidos, una muerte entregada por amor a la humanidad, algo grande, claro. Sin embargo, nunca un remordimiento con respecto a los otros, ¿me equivoco? Éticamente hablando, y si me lo permites, los dos somos la misma cosa, Linda, perros bastardos demasiado acomodados en su miseria cotidiana, unos hedonistas, que diría tu madre. Pero al menos yo intento encontrar algo, busco, intento hacerme un hueco en el fango de lunes a domingo, en el fango de horarios… pero tú… tú hace tiempo que tiraste la toalla. No es un juicio de valor, Linda, hemos quedado en que éticamente los dos somos la misma basura, pero ya ni siquiera quieres arrastrarte, ni siquiera quieres, solo te dejas querer, vivir, respirar, te dejas dormir, vivir, ser. Estoy seguro de que es otra la que duerme por ti, porque tú nunca descansas, tu locura nunca descansa. Alguien debe entonces de soñar tus sueños por ti; eso si es que aún... La diferencia, la manía de comparar, es que yo no necesito tu resistencia, la resistencia de ti, para seguir adelante, la resistencia de la vida no me interesa, mientras que a ti eso es lo único capaz de hacerte despertar, mi resistencia, tu resistencia, el elevado índice de rozamiento entre la vida y tu superficie... ¿Sabes? Es idiota… pero justo me viene a la cabeza la noche aquella en el ático de Martín. ¿Recuerdas? Hacía mucho calor, habíamos bebido como malditos y tú seguías diciendo que no podíamos parar, que o reventaba la noche o tú de allí no te movías. A todos nos hacían gracia tus palabras, sonaban como a otra. Entonces alguien puso una canción de Dominique A, Je t’ai toujours aimé, cómo olvidarlo, tú te pusiste como loca, hablabas y hablabas, cada vez más fuerte, esta vez iba en serio, una cadena fónica interminable de gritos y aspavientos: pérdida-irremisible-culpa-sois todos culpables-pandilla de-insignificantes-nunca nada grande-mis pequeñas miserias- la vida lamentable- verdaderamente lamentables… Gritabas y gritabas. Poco a poco todos abandonaron la terraza. Se hizo el silencio. Nos quedamos solos. Me pediste que te sirviera una copa, la última, dijiste. Sonreíste como si acabases de regresar de un largo viaje. Parecías exhausta. Dudé. Pensé que la noche siempre te había sentado bien. No encontré resistencia cuando mis brazos te tomaron, por primera vez sentí que tu cuerpo estaba justo allí, ni más ni menos, por una vez allí. No sé porqué te cuento esto, supongo que ya apenas ni me escuchas, que sigues con tu idea: la grandilocuencia de la muerte, tu suicidio ridículo. Lo elocuente es el acto, estarás pensando con los ojos cerrados. Y no, quiero decir, no solo, lo elocuente sería que de una vez por todas te desnudaras y vinieras a buscar mi cuerpo a ciegas, en la oscuridad de esta sala de enfermos, de esta morgue, en la oscuridad del resto de tu vida desde tu decisión de hace una horas. Al fin lo has hecho. He de reconocer que me sorprendes, Linda, ingerir todos esos somníferos a mitad de la tarde, ingerirlos mientras canta Billie Holiday The man I love, tú que nunca has amado a nadie, ingerir los somníferos que te mandaba tu muy respetable madre para las crisis de nervios. Pensar lo simple que ha parecido todo siempre para ella. Tengo ganas de llorar. Linda siempre ha sido una niña demasiado nerviosa, solía decirme cuando nos enzarzábamos en una de esas a las puertas de tu casa. ¿Sabes lo que me gustaría? Me gustaría ver la cara de tu madre ahora, si te tuviera delante ahora, ahí, arrumbada en el sillón, desvencijada, más bien, un amasijo de pelo y miembros, una blancura preludio del olor que arrojarás mañana. Maldita sea, cómo has podido tragarte esa bazofia del eterno descanso, cómo has podido esperarme muerta en el salón para darme la noticia por tu propia boca. Ahora te observo, veo que no has dejado ningún cabo suelto. Dos cartas sobre la mesa, una para Manuel y otra para tu madre, tu ropa por el suelo, siempre te gustó andar desnuda por ahí, excitando a los vecinos, no serías tú la que se tomaría la molestia de cerrar las cortinas, si no les gusta lo que ven, que no miren, solías espetarme enojada cuando te advertía acerca de la mirada de algún vecino mirón. Tú siempre por encima de esas cosas, por encima del dolor que has provocado, que provocas, por encima del respeto, porque amar es otra cosa… por encima de tu soledad, tan por encima que has muerto sola, completamente sola y llena de deudas que tú desconoces. Hubieras debido esperarme… si de verdad estabas convencida, te hubiera ayudado, te hubiera acompañado, ahora no podré perdonarme que te hayas quitado la vida sin mí, no podré perdonarme no haber entendido tu libertad de pájaro, de cama fría, tu libertad de viejo que ya no espera nada. Hasta en la muerte estás hermosa, Linda. Hubieras debido esperarme. Es una lástima que yo no crea en la redención de la muerte, sino ahora mismo me cortaría las venas y tendríamos, voilà!, la muerte perfecta, los amantes muertos de su amor… solo que ni a ti te mató el amor ni yo pienso suicidarme por ahora, no por ahora, antes tengo que recoger tu cuerpo, llamar a tu madre, decírselo a Marta y a Martín, llorar tu muerte, enterrarte y luego, tal vez luego, sin dejar que una vez más me arrastres de tu lado, pensar si todo esto merece la pena. Pero solo luego, ahora te tienes que ir, te tengo que llevar, llamar a tu madre, a Marta y a Martín, pensar en el entierro, sacarte de aquí, sacarte de aquí, sacarte de aquí como sea, sacarte de aquí.

2 comentarios:

nueva gomorra dijo...

"El río" es el cuento de Julio Cortázar que asfalta el camino para el ambiente de este otro cuento, o como diría Juan Cruz López ( o creo recordar que diría), "Desde ya agradezco a Julio Cortázar el punto de partida de esta historia". "El río" es un cuento que sigue fascinándome a pesar de los años, lo que me parece mentira.

http://www.lamaquinadeltiempo.com/prosas/cortazar1.htm

Confederación de suicidas de Nueva Gomorra -NG-

tr(a)nshistoria dijo...

Y esa Platuna cuentista, qué onda... Me gusta mucho, Bramísima. Habrá que leerse El río también (¡y venga a meternos lecturas en la recámara!).