21 ene. 2018

Píldoras de papel, de Ana Patricia Moya


 Ana Patricia Moya se lo lleva currando mucho tiempo en el mundo de la literatura. Escritora y editora, participa en revistas, publica en fanzines, lidera el proyecto Groenlandia Editorial y coordina secciones literarias en diversas webs, entre otras cosas. Al margen de eso, y por la parte que me toca, su obra no es la primera vez que aparece en Nueva Gomorra, ni será la última.

En este caso, hoy nos acercamos a Píldoras de papel, uno de sus libros de poesía, publicado por Huerga & Fierro en 2016. El libro, generoso en extensión, despliega una poética que gira alrededor de temas clásicos -el miedo, el amor, el desencanto- atravesados, sin embargo, por la vívida experiencia de la fragilidad de los hallazgos en la actualidad. En ese sentido, Píldoras de papel es un poemario a través del cual podemos tomarle el pulso a una sociedad enferma, que a cada tanto nos noquea con crudeza, haciéndonos morder el polvo, sujetándonos la cara para mirar de frente cómo arden nuestros sueños.

Sin embargo, la poesía sigue respirando, en el hueco que deja cuando ni tan siquiera se la tiene en cuenta, sigue respirando, y Ana Patricia junto a ella. Por eso mismo la poesía también nos sirve aquí para dejar atrás los cuentos, para mirar de tú a tú al miedo, a ese futuro que ya no asusta tanto porque desaparece en un presente que exige todo nuestro esfuerzo, también nuestra atención, aunque a veces nos condene al insomnio.

Es difícil en este caso elegir un poema con el que ilustrar todo lo anterior, pero finalmente me quedo con este:

Solo nos queda escribir,
                      aferrarnos a las palabras
como botes salvavidas que te aislan
de territorio hostil,

porque Dios es un incompetente
sin aliento, incapaz de responder a los dilemas,

para reclamar que somos animales
sin domesticar, que aúllan y rugen
cuando nos descarnan las heridas,
                               que nos tornamos sumisos
cuando una mano dócil e inocente
acaricia nuestras garras.

Solo nos queda escribir
testamentos únicos de supervivencia
para escapar de la locura,

                                para dar sentido a tanto dolor.

Ana Patricia Moya, en Píldoras de papel (Huerga & Fierro. Madrid: 2016).

17 ene. 2018

Grapando el último número de COTARRO


Bueno, pues la aventura del fanzine COTARRO está llegando a su fin. Todavía nos quedan algunos ejemplares en papel de los cien que sacamos de cada número, pero ya nos hemos puesto a grapar los primeros ejemplares del último en salir, el 10/10, que ha tardado más de un año en ver la luz desde que lo hiciera el precedente. 

Ahora comenzaremos a enviárselo a los colaboradores y a algunos lectores que tienen saldo de preventa con la editorial. Pronto lo veréis en nuestra mesa de venta y os recuerdo que también se puede pedir vía mail a piedrapapellibros@gmail.com (vale 1€, que se puede pagar por ingreso/transferencia o vía PayPal).

A pesar de que falte poco para que se acabe el recorrido de este proyecto con el que Piedra Papel Libros echó a andar, siempre podréis leer todos los números (menos este último, que se colgará cuando se agoten los ejemplares en papel) en el siguiente enlace: 

15 ene. 2018

Aquí nos vemos


Abro el libro por la mitad. Hoy quería colgar un subrayado, un párrafo de los muchos que me han llamado especialmente la atención en esta novela triste, bella y enigmática de John Berger. Me quedo finalmente con este texto y no solamente porque hable de mi curro. ¡Archive pride! Va:

Los archivos son distintos de las bibliotecas. Las bibliotecas guardan volúmenes encuadernados, cuyas páginas han sido repetidamente leídas y corregidas. Lo que contienen muchos archivos son papeles que fueron en su día abandonados u olvidados. La pasión de Ginebra es precisamente la de descubrir, catalogar y comprobar lo que se ha olvidado. No debe extrañarnos, pues, su miopía. Ni tampoco que se arme -incluso dormida- contra cualquier forma de compasión.

Aquí nos vemos. John Berger (Alfaguara. Madrid: 2005).

8 ene. 2018

Oración, un poema de Natalia Toledo


Es muy difícil quedarse con una sola de las voces que compila esta antología de diecisiete poetas mexicanas nacidas entre 1964 y 1985. En todo caso, y como tengo que elegir, me quedo con uno de los poemas que más me han gustado de Natalia Toledo (Oaxaca, 1967), una poeta que escribe en zapoteco y cuyos poemas encontramos en la antología también traducidos al español. 

ORACIÓN

Por la silla de ruedas de mi abuela,
por los mangos verdes de mi amiga Cándida.
Por las casas de ladrillos
y su húmedo bermellón.
Por los pretiles grises de mi cuna,
por los órganos de espinas
creciendo en las paredes.
Por los jicalpextles que acumuló
mi madre en las bodas ajenas.
Por esos días en que el sol bronceaba mis cabellos
y mi sonrisa era el brillo cegador de una costra salina.
Por las fotografías pegadas sobre el pliego de cartulina
y su viaje repentino al altar de los muertos.
Por el petate y su cartografía de orines,
por los árboles torcidos sobre el estriado del agua.
Por todo lo que inventé para tener una vida,
yo canto.

Aquí podéis encontrar una pequeña selección de sus poemas:
http://forito.blogspot.com.es/2014/03/poemas-zapoteco-espanolnatalia-toledo.html

5 ene. 2018

Piedra Papel Libros entrevista a Damián Cordones

Buenas tardes, Damián. Proseguimos contigo esta serie de entrevistas a los autores de Piedra Papel Libros que iniciamos hace unas semanas con Joaquín Fabrellas. Metiéndonos en materia, La hemorragia de Constanza es tu primer libro de relatos. ¿Qué tal tu incursión en el género?
Escribo cuentos desde hace mucho tiempo, es lo primero que empecé a hacer. Creo que es un género complicado en el que resulta muy difícil hacer algo que valga la pena; encontrar una voz y romper con las estructuras narrativas estándar. En el cuento estas son más evidentes. A veces creemos estar haciendo historias nuevas porque los personajes están en sitios diferentes haciendo cosas diferentes y hablando sobre cosas diferentes, pero la voz que nos lo cuenta es la misma voz familiar de siempre recorriendo también la mismas estructuras de siempre. De esta manera, mientras se lee, uno tiene la sensación de haber hecho ya ese viaje. En el cuento es más fácil evidenciar nuestras carencias.
Tus libros anteriores son de ciencia ficción y tus lectores seguramente se hayan familiarizado con ese universo tan particular que has ido construyendo a lo largo de tus últimas novelas. ¿Cómo crees que recibirán este libro de relatos teniendo en cuenta el gran cambio que supone con respecto a tus anteriores obras?
Yo creo que, al fin y al cabo, cualquiera que haya leído algo mío y vuelva a hacerlo, ya ha comprendido que lo que va a encontrar tiene más que ver con la obsesión por algunos temas y cierta manera de hacer las cosas, que con convenciones de género. Para mí la ciencia ficción no es más que una etiqueta, y como todas las etiquetas, en cuanto se les exige un poco acaban siendo vacuas y sin significado.
No obstante, a pesar del cambio de registro tus personajes parecen estar tocados por el mismo halo de mágica y oscura extrañeza de siempre. ¿Hasta qué punto has bebido de tus narraciones anteriores para poner en pie estos relatos tan poco convencionales?
Lo cierto es que los relatos de La hemorragia de Constanza son anteriores a todo lo publicado hasta ahora. Yo creo que en literatura,  si uno es mínimamente fiel a sí mismo, los personajes, el ámbito, la atmósfera y todo lo que rodea una historia, acaban contaminándose de manera recíproca. De hecho, precisamente esa palabra, la palabra “halo”, representa en gran media qué es lo que yo entiendo por literatura. Una narración con aureola, un juego nimbado.
En un plano más personal, tus primeros libros fueron autopublicados. ¿Te importaría contarnos qué tal ha sido tu experiencia con la autopublicación?
La experiencia de la autopublicación está siendo fantástica. He conocido a mucha gente de la que he aprendido y sigo aprendiendo mucho. He hecho muy buenos amigos, más allá del mundo de los libros. Espero seguir autopublicando en el futuro.
Cambiando de tema, y aprovechando que se acerca el fin de año, ¿podrías decirnos cuál ha sido el libro que has leído que más te ha gustado en 2017?
Me quedo con Ciclonopedia. Complicidad con materiales anónimos, de Reza Negarestani.
¿Qué autores han influido más en tu obra?
La lista podría ser interminable, así que diré El castillo, de Kafka. El misterio y el influjo de esa historia me parecen infinitos.
¿Podrías recomendarnos algunos autores de ciencia ficción contemporáneos de tu generación?
Recomiendo la novela New Mynd, de Colectivo Juan de Madre.
Finalmente, nos gustaría que nos contaras en qué proyectos literarios andas metido últimamente.
Llevo un tiempo escribiendo una novela que me mantendrá ocupado durante al menos un par de años más. Es un texto muy ambicioso en el que tengo puesta una ilusión enorme. Al mismo tiempo estoy revisando un par de textos que, si todo marcha bien, espero que sean publicados el año que viene.

3 ene. 2018

Primer préstamo del año


El capítulo de préstamos y devoluciones llevaba parado bastante tiempo en Nueva Gomorra. No obstante, ha bastado una visita relámpago de Araceli a la habitación donde guardo la mayor parte de mis libros para llevarse un buen puñado. 

Cuatro de ellos pertenecen a la mítica colección de poesía dirigida por Ana Mª Moix en Plaza & Janés. Eran libros que, en su día, costaban 395 pesetas (un poquito más de 2€). La colección era muy buena y las ediciones, a pesar de ser de bolsillo, estaban cuidadas, sin erratas y con un diseño de cubierta muy chulo que era inusual en los libros de poesía del momento. Los cuatro libros son: Praga, de Vázquez Montalbán; El hundimiento del Titanic, de Hans Magnus Enzensberger; De donde son las palabras, de Luisa Futoranski y Biografía del explorador, de José Ovejero.

Los otros dos libros, son dos clásicos del catálogo de Anagrama. Los dos son libros que disfruté mucho en su día, y cada uno por motivos bien distintos. Espera a la primavera, Bandini, de John Fante, me convenció definitivamente de que el italoamericano no era un autor menor. Por su parte, La maquina del azar es una de las novelas que más me gustan de Paul Auster y creo no tardé más de tres días en leerlo.

1 ene. 2018

La campana de cristal


2017 ha terminado y finalmente no he sucumbido a la tentación de las listas. De todas formas, no penséis que no se me ha pasado por la cabeza hacer una entrada más larga de la cuenta para explicar por qué me han gustado los libros que me han gustado de los leídos el año pasado. Pero me lo voy a ahorrar.

En todo caso, en una de las mesas llenas de libros de este pequeño salón, hay un par de pirámides con libros ya leídos de los que, por lo menos, os quiero comentar un par de cosas, y así -si os interesa- les echáis el guante en cuanto podáis. Uno de esos libros ha sido La campana de cristal, la única novela que escribió en su día Sylvia Plath.

La campana de cristal me ha gustado casi tanto como los poemas de la estadounidense, recogidos en un puñado de libros de los que destacaría Ariel, Tres mujeres y Árboles de invierno. Ambientada en los EE.UU. de los años 50, la novela cuenta la historia de una joven estudiante de filología, escritora emergente, que recibe una beca para colaborar con una revista de actualidad y residir en New York junto al resto de becadas. De fondo, y cobrando cada vez más fuerza a lo largo del desarrollo de la historia, el descalabro emocional de la protagonista, que poco a poco empieza a padecer los efectos de la enfermedad mental.

Para mí ha sido una sorpresa amarga, la verdad, ya que -como he dicho antes- La campana de cristal es la única novela de la autora estadounidene. De hecho, el libro se publicó poco antes de su suicidio. Muy recomendable, de verdad, la historia rueda sola y va ganando en intensidad conforme vamos pasando páginas, dejando atrás definitivamente la sensación de cierta futilidad de los primeros compases de la trama. Una novela potente y desgarradora que, bajo mi punto de vista, tiene puntas de excelencia que la emparenta con la mejor narrativa norteamericana del momento.

20 dic. 2017

Que venga el frío y no nos hiele


Venga, un par de poemas -de esos que yo llamo B side- para saludar la llegada del invierno (como otras tantas veces, acompañados de la imagen de un cuadro de Mark Rothko).

*

Llegó el invierno, nieva.
Y no tengo palabras
para encender el fuego.

**

Ahí fuera,
en el vientre de la noche,
un perro lastimero aúlla
como si presintiera
que la vida que se escapa
no ha de volver jamás.

Juan Cruz López

11 dic. 2017

Seis poemas de Pequeñas canciones para un circo mudo, de Ángel Rodríguez


Este domingo presentamos en Jaén el último libro de Ángel Rodríguez, Pequeñas canciones para un circo mudo (Piedra Papel Libros. Jaén: 2017), y hoy os adelantamos unos cuantos poemas de este bello poemario.

*

El circo,
la vida.
El circo...
El circo soy yo.

*

Cuando la vi muerta,
no parecía tan bajita.
Quizá nos alargue la muerte.

*

Al trapecista le han cortado una pierna.
Mira la cuerda y tiende
su zapato en ella.

*

Cuando acaba la función,
los abalorios de la mujer serpiente
caen bajo la cama
como la piel del fracaso.

*

Si el amor cabe en estos cuerpos,
la esperanza también.

*

Aguantar como azada olvidada al sol.

5 dic. 2017

Historias desde la cadena de montaje



Nuestro amigo José Pastor, de Libros y aguardientes, nos envía esta reseña sobre Historias desde la cadena de montaje, de Ben Hamper, publicado por Capitan Swing.

***

Ben Hamper trabajó durante once años en la cadena de montaje de la General Motors en Flint (Michigan). Fue una rata de fábrica, como lo fue su padre y el padre de su padre. Como lo fueron sus compañeros de colegio y los padres de sus compañeros de colegio, y sus vecinos y sus amigos. 

Ben Hamper pisó por primera vez una fábrica de coches con siete años, en una visita organizada por General Motors. Tras está visita decidió que nunca trabajaría en ninguna de aquellas fábricas y que nunca acabaría como su padre y la mayoría de sus vecinos. Durante años intentó y luchó por no ser una pieza más en el engranaje de General Motors, pero con veintiún años tuvo que desistir de su empeño y se tiró de cabeza a ser una verdadera rata de fábrica.

«A la mierda el viejo y sus advertencias, a la mierda las monjas y sus planes de estudio, a la mierda el archivador a reventar del orientador, a la mierda los conductores de ambulancias y los disc jockeys y los limpiadores nocturnos, a la mierda yo y a la mierda vosotros. Yo lo que quería era ser una rata incondicional».

Durante once años la vida de Ben Hamper giro alrededor y dentro de la cadena de montaje de la General Motors. Años de trabajo duro, de aprendizaje. 

«Yo estaba aún relativamente verde, pero siempre había partido de la idea de que un trato es un trato. GM nos pagaba un cuantioso sueldo y nosotros a cambio hacíamos el trabajo sucio. Nadie nos apuntaba a la cabeza con un arma. Yo no albergaba ningún odio hacia GM, mi única guerra era contra aquel asfixiante minutero». 

Años de extenuante rutina, de borracheras, de meses de paro a la espera de una llamada para reincorporarse a la cadena. Años de jefes crueles y sádicos, de compañeros de fatigas, de lucha encarnizada contra el reloj. Años de alienación y de locura. 

Historias desde la cadena de montaje es la historia de Ben Hamper y sus compañeros, aquellos ratas de fábrica. Una historia donde se nos habla de la vida de los trabajadores de la industria automovilística norteamericana, del inhumano y absurdo sistema productivo americano, de la cuota de producción, del aburrimiento, del compañerismo, del escaqueo, de los que no pudieron soportarlo más, del consumo desmesurado de alcohol para hacer más llevadero el trabajo y la vida.

«Ahí era donde cada noche se juntaba la brigada de los petos  grasientos al completo para mamarse a base de bien y seguir  erre que erre con las mismas mentiras de fracasado que ya nuestros padres se repetían para dotar de significado a su existencia».

Ben Hamper narra su experiencia, sus chanchullos, sus odios y amistades, sus enfrentamientos, sus formas de hacer más llevadero el trabajo -entre ellas, escribir una columna sobre el trabajo y la vida en una cadena de montaje para la revista La Voz de Flint (que dirigía Michael Moore)- y su determinación para sobrevivir a aquella locura.

Con un humor negro acerado y divertido, en primera persona, sin concesiones, directo a la mandíbula, sin victimismo ni lloriqueos. 

«De acuerdo, a lo mejor es cierto que las intenciones de todas estas estrellas del rock son estupendas, pero simplemente no funciona. El tema es, si nunca llamarías a un cirujano cardiovascular para que te aspire la casa, ¿por qué confiar la música blues a un grupete de blancuzcos? Lo único que yo les pido a estos camaleones caprichosos es que se piren y se lleven con ellos esa asquerosa versión del método actoral que utilizan. No necesitamos que nos den serenatas sobre lo tedioso y desprovisto de nuestras vidas, llegado el momento ya sabemos hacerlo nosotros mismos».

Historias desde la cadena de montaje es una obra maestra y necesaria sobre la vida de los obreros fabriles de los Estados Unidos de América.

«Ben y yo crecimos en Flint, Michigan, y ambos somos hijos de obreros fabriles. Se suponía que nunca deberíamos haber salido de ahí, y usted nunca debería haber oído de nosotros. Todo se reduce a un asunto de clase, de saber el lugar que nos corresponde, y de tener en cuenta que un lugar como Flint, Michigan, no existe para la prensa ni para los que toman las decisiones. [...] ¿Creéis que se paran un segundo a pensar por lo que estará pasando la persona que remacha los estribos laterales de sus coches?»

Este último párrafo procede del prólogo de Michael Moore.