30 sept. 2009

El diablo improductivo (Tentativa realficcionalista nº 1)


…mata moscas con el rabo. Es verdad. Cuando me levanté de la cama ya hacía un buen rato que mi mujer se había ido a trabajar. El silencio que habitaba en la casa (solo se oía el tic-tac demoledor del despertador) me hablaba de mi propia improductividad. Estar sin trabajo me hace sentirme un alien resident dentro de mi propio hogar, un suspicious subversive a la espera de ser deportado a la más absoluta negación del individuo, un ente anti-natura, no lo puedo evitar. Salir fuera tampoco es plato de buen gusto. Hay días en el que uno se levanta lleno de optimismo y el vitalismo colma hasta el último poro de tu piel, “¡hoy no podrán conmigo!”. Te duchas, te afeitas y una vez acicalado y revisado, por decimocuarta vez, el currículo, saltas a la calle dispuesto a encontrar trabajo e, igual que las viejas que se santiguan con devoción al Sagrado Corazón, colgado en el zaguán de sus casas, para que ninguna desgracia de puertas para afuera les atrape, vuelve uno a repetir, ya a forma de ritual delante del espejo de la entrada: “¡No camarada, hoy nadie podrá contigo”. Pues bien, hoy no ha sido ese tipo de día, hoy optimismo me ha sonado a primo lejano.
Hasta las once de la mañana no me quité el pijama, leyendo en mi escritorio como para Marx la sociedad se fundamenta a partir del trabajo; con la cama sin hacer y con el polvo sin limpiar, que era la única misión que me había encargado mi mujer. Además de parado, irresponsable. Lo único que saco en claro de todo esto es que el día que me mande a la mierda no tendré que preguntar ni el por qué; parece que la estoy viendo: “¡Joder José Javier para una cosa que te pido que hagas… todo el día fumando porros y leyendo, que te vas a quedar tonto de tanto leer!” –con los aspavientos típicos de una musa neorrealista, una Anna Magnani pelirroja, vehemente, con los dos primeros botones de la camisola de estar en casa desabrochados, insinuando sus dos voluptuosos pechos que, en vaivén, me llevan a la imagen de ella apoyada sobre una mesa camilla comiendo pollo y bebiendo vino mientras yo se la meto por atrás–. Creo que me estoy dejando llevar… a lo que voy.
Nada más oír la bocina de la furgoneta que vende el pan, tuve por un momento que armarme de valor para salir a la calle aunque, la idea de terciar con un montón de mujeres pidiendo pan, unido al euro extra para un café que encontré en la lata de las monedas, hizo que me pusiera la primera sudadera que encontré en el armario para llegar antes que ninguna. Para cuando las primeras se acercaban a la furgoneta, yo iba ya camino del bar con una barra de pan y dispuesto a disfrutar del cafecillo que el lunes me brindaba.
–¡Hola Emilio! Ponme un café y un vasillo de agua –con mi barra en la barra.
–Entonces… ¿Qué pasa? –me dijo él cortésmente, aunque también mostró cierto guiño jocoso, una mueca de media sonrisa que hizo con la boca; ya sabía mi respuesta.
–Pues ya ves… nada… lo de todos los días –le dije mientras me sentaba en una banqueta mirando al televisor, haciéndole entender que había finalizado la conversación.
En la mesa del final había cuatro nenes para los que el fin de semana todavía no se había acabado, a parte, Emilio y yo en la barra. Los dos de vez en cuando nos mirábamos y reíamos al ver a alguno de ellos hacer alguna gilipollez. La verdad es que los muy cabrones estaban graciosos, la cocaína había hecho que se salieran del pellejo. Ha sido el único rato del día en que he reído, en el que he podido por un momento olvidar este día de mierda.
Uno de los chavales tiró al suelo un vaso y Emilio que estaba buscando una excusa para poder echarles a la calle, demasiado escándalo para tan poca consumición, aprovechó la ocasión para hacerlo: “¡Nenes, a romper vasos os vais a vuestra casa, así que venga, pagadme los cuatro cubatas que me debéis y arreando!, cosa que los adolescente hicieron sin rechistar los más mínimo. A Emilio son pocos los que se atreven a retarle. Aunque el hombre es poca cosa, la verdad, lleva desde que era un crío practicando full contact y por lo visto da unas hostias que valen mil duros.
En ese momento, cuando los nenes estaban pagándole en la barra, justo al lado mío, pasó algo que por un momento creí que sería lo que me quitaría la desesperanza vital que me empezaba a asfixiar el corazón, que equivocado estaba: vi caer en el suelo la bolsita del goloso alcaloide que tan espabilados tenían a los cuatro amigos. Sabía que el nene se iba a dar cuenta rápido de que la había perdido, si se iban ya para su casa, como les había aconsejado Emilio, se meterían los restos comunales que les quedaban.
Lo dicho, no tardo ni dos minutos en entrar el mismo que había perdido la bolsita con la excusa de que no encontraba la llave de su casa. Estuvo mirando por la mesa en la que se habían sentado y justo por mi lado, donde habían pagado, pero era demasiado tarde, la “llave” ya estaba en mi bolsillo.
– “¿Qué pasa nene, no encuentras la llave? –le pregunto Emilio– pues ve y llama a la puerta, si tu madre ya estará despierta –mostrando nuevamente su mueca de media sonrisa, de la cual yo también me hice participe aunque sin despegar la vista del televisor, haciendo ver que la cosa no iba conmigo.
“Adiós”, dijo cabizbajo, con cara de puteado mientras iba revisando nuevamente todos y cada uno de los bolsillos de su vaquero esperando un milagro. “Lo siento chaval, hoy no va a haber ningún tipo de milagro” –pensé.
Nada más cerrarse la puerta, di el último sorbo a mi café, le dejé el euro justo al lado de la taza vacía, bebí de un sorbo el vaso de agua, cogí mi barra y me largué. Al salir a la calle pude ver como los otros tres chavales le recriminaban al cuarto que hubiera perdido la cocaína. Atravesando la almazara de aceite abandonada, que separaba el bar de mi casa, todavía se podían distinguir algo sus voces, uno de ellos gritó: “Pues a mi me tienes que dar diez euros cabrón”. Había acabado mal la fiesta para los nenes.
Hace un rato que he limpiado el polvo y he hecho la cama, como me dijo mi mujer que hiciera, y he vuelto a revisar el currículo que aunque ya es algo que uno hace por norma, empieza a tener un tinte un poco obsesivo, enfermizo, es lo mimo que si una persona siempre que tuviera que coger un coche lo revisara, creo que me estoy volviendo loco. Ahora escribo esto aunque no se bien por qué, no hago nada más que pensar en esos cuatro chicos discutiendo por una bolsita de cocaína, con la cual todavía no tengo muy claro que hacer. El día está nublado, para acompañar, el silencio lo combato con la tele pero más que entretenerte te desespera ver que nada de lo que sale por su pantalla te es reconocible, ni sus grandes vidas, ni sus pasiones, sus héroes, cada vez más su sonido es absorbido por el silencio que generan las miradas perdida, recuerdos de otros tiempos en que la felicidad llamaba con más frecuencia a tu puerta. A mi con héroes, que le acabo de robar a unos chavales de la peor forma que se puede hacer, escabulléndome como una rata. Unos nenes que hasta ese momento se lo estaban pasando bien. No tío, definitivamente eres un patético hijo de puta.
¿Qué hago con la cocaína? No sé. Supongo que bajaré al aeropuerto a vendérsela a alguno por diez euros y de vuelta me pasaré por el supermercado para dejar el currículo y comprar pollo y vino, a ver si con un poco de suerte mi mujer quiere y cumplo con mi sueño erótico. Pero antes de todo esto me voy a meter una poquita, pues ya lo dice el refrán: cuando el diablo no tiene nada que hacer…


Curro Jiménez Melero -NG-

6 comentarios:

nueva gomorra dijo...

Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá:
“Hablaste mal. Debiste haber
contado otras historias”

“Ciudad” Ángel González

Lo siento Curret, pero hemos tenido que colar la cita aquí....

Jorge dijo...

Qué buena tira Astaroth!

tr(a)nshistoria dijo...

aúpa curro, muchas gracias por la colaboración....

nueva gomorra dijo...

Vaya con el diablo... no está mal para ser uno del tipo improductivo.. Creo que Henry Miller se hubiera quitado el sombrero y a Bukowsky le hubiera encantado la escena de la mujer de J.J., el pollo y el vino... que por cierto, parece el título de una fábula de Jean de la Fontaine, ¿no?: La mujer, el pollo y el vino...

Un fuerte abrazo, Curro

Bram Stoker -NG-

Anónimo dijo...

ahí, ahí está el tema, solo un poco más, un poco más de salvajismo y habrás vuelto a coger al toro por los huevos...

"Señora... ¡Señora! ...¡¡A tomar por culo!!"

--Círculo Talibán de Nueva Gomorra para la Disociación y el Combate--

nueva sodoma dijo...

¡Drogadictos!