7 abr. 2009

Watanabe Sánchez (2)


Puede que lo que haya contado hasta ahora no suene demasiado verosímil, una historia más de ficciones tejida durante largas noches de insomnio, una bagatela, pero nada más lejos de la realidad. Este encuentro tuvo lugar hace sólo unos años, cuando el nuevo milenio aún estaba en pañales y yo sólo pensaba en trabajar y viajar, pasando largas horas entre catálogos y aeropuertos y negocios que se cerraban casi siempre en los más abruptos y ociosos lugares. Ya he hecho alusión a mi mendicidad espiritual, algo que casi siempre supe controlar otorgándole una dosis justa en mi vida, compartiéndola lo más equilibradamente que podía con mis otras dos grandes pasiones: el trabajo y mi esposa Lucien. Pero este estado anímico fue creciendo desde mi encuentro con este profeta de la Generación Ausente que era el camarero que me servía las copas aquella noche. Para ser sincero apenas pensaba en el tío Watanabe, sólo cuando nos reuníamos con la tía Esther durante la fiesta de Acción de Gracias o cuando veía por cable los partidos de béisbol de los Seattle Mariner y a sus dos flamantes bateadores japoneses. Y, por supuesto, en ningún momento se me pasaba por la cabeza esta generación de poetas que aún desconocía. Aunque todo ello cambió al poco tiempo de volver a casa de ese largo viaje por la costa. La muerte de Lucien unos meses después disparó mi indolencia como el fuego que escupen las mangueras de los bomberos que queman libros, sólo que yo no los quemaba, simplemente los devoraba. La concatenación de letras y espacios en blanco se convirtió en mi nuevo y único refugio. Había amasado una interesante cantidad de dinero tras largos años dedicados al trueque ininterrumpido, y fue en ese momento cuando me tomé un necesario descanso ante tanto desconsuelo. Los libros fueron mi abrigo y ellos, mansamente, me llevaron de la mano hacia nuevos abismos a los que asomarse.

Le pedí a mi interlocutor del otro lado de la barra una segunda copa de aguardiente y después de un trago largo y pausado, supongo que lo hice para darle más consistencia a mi figura de narrador, continué con mi historia. «Por tu expresión escéptica –el camarero había arqueado una ceja y tamborileaba con sus dedos en el mostrador– deduzco que no me crees, pero deja que siga. Haruto Watanabe emigró a Estados Unidos aún como prisionero de guerra y fue trasladado a una base militar de Nuevo México. Tuvieron que pasar un par de largos años hasta que por fin salió de allí como ciudadano norteamericano. Estudió la constitución, las leyes, la historia y las costumbres del país que le acogía, del país que había desolado el suyo». «¿Un cigarro?», el muchacho tras la barra, algo más relajado, me ofreció un Pall Mall. «Sí, gracias. –continué–. La guerra de Corea estaba a la vuelta de la esquina, las tensiones bélicas ni mucho menos habían remitido y cualquiera que tuviera rasgos orientales era susceptible de ser cuanto menos un comunista que quería dinamitar la paz a este lado del Pacífico. Watanabe no lo tenía nada fácil. Posiblemente fueron sus peores años, más incluso que durante la guerra y el cautiverio que vino después. Pero Watanabe era joven y estaba lleno de energía, no se iba a dejar vencer. Vagó por muchas ciudades realizando los trabajos que nadie quería, pasando desapercibido siempre que podía, silencioso y tenaz hasta la extenuación». «¿Y qué me dice de su poesía?». «Si te soy sincero la desconozco, jamás he leída nada que haya salido de su puño».

Uno de estos abismos por los que me asomé fue la soterrada labor poética de mi tío Watanabe. ¿Quién podía imaginarlo? Más de una vez visité a la tía Esther a la que literalmente acribillé a preguntas. En una ocasión le pregunté si guardaba cuadernos, poemas o algo que hiciera denotar la actividad literaria de su marido. Mirándome de arriba abajo, un poco incrédula ante mi repentino interés por la poesía y en especial por lo que mi tío pudo haber escrito, se levantó y de un armario sacó cuatro cuadernos y una caja llena de cartas. Tras largas horas intentando convencerla al fin me dio permiso para fotocopiar todo estos papeles escritos por Watanabe Sánchez a la sombra de la vida de Haruto Watanabe. Dos cuadernos estaban dedicados a poemas, cuentos, aforismos y textos de muy diversa índole. En los otros dos cuadernos sólo aparecían haikus que, según me contó mi tía, escribía cada mañana cuando se levantaba. Las cartas fueron un portal de amplias dimensiones que me permitieron tener una visión más concreta de quiénes fueron estos escurridizos poetas.

Fue entonces cuando el camarero volvió a salir de la barra y sin mediar palabra, como si de repente yo hubiera desaparecido, se alejó por un pequeño pasillo que había al fondo del local. Pensé que tal vez sufría algún tipo de enfermedad relacionada con el control de los esfínteres por la premura con que se alejó, pero esta suposición se vino abajo cuando entró por una puerta en la que colgaba un letrero: «Privado». Un minuto después regresó con gesto triunfante y con una roñosa carpeta bajo el brazo. «Pensaba que ya no ibas a volver», le dije bromeando. «Aún no, por el momento», respondió esgrimiendo una media sonrisa. Esta vez se sentó del otro lado de la barra, junto a mí, alargó el brazo para coger un vaso que llenó de aguardiente, haciendo lo propio también con el mío. «Estas son copias de algunos poemas que jamás llegaron a publicarse –comenzó a explicar–, como casi toda la poesía de esta generación. Me las entregó un ruso medio loco, Nikolái, con el que trabé amistad y al que le perdí la pista hace ya algunos años. Yo trabajaba en la licorería de mi padre y una vez al año recibíamos su visita. Nos traía grandes partidas de vino, sublimes caldos del cono sur los llamaba refinadamente, que él mismo cultivaba en un terreno que tenía en la provincia de Mendoza». Mientras le escuchaba pasaba aquellas hojas escritas a máquina con anotaciones a mano. Aparecían nombres de lo más variopinto hasta que di con el de mi tío. «Puede quedárselas, tengo alguna copia más por ahí».

Entonces tiré del hilo de la Generación Ausente. La vida indolente que comencé a llevar me permitía volcar toda mi curiosidad en aquellos dementes. Fue una labor difícil, casi imposible, era como perseguir a fantasmas o querer atrapar pensamientos en botes de cristal. Ningún libro los mencionaba, nadie parecía conocerlos. Llegué a pensar que todo había sido una invención de aquel camarero, como un juego en una noche aburrida. Hasta que una vez en Burdeos –y esta es otra historia rocambolesca que merecería ser contada– siguiendo la pista a la generación de la ausencia conocí a una tal Alejandra García, quien me puso al tanto de las andanzas de estos poetas. Luego ella también desapareció. Mis investigaciones aún continúan.

«¿Y qué sucedió después con Watanabe?», me preguntó acto seguido, sacándome de mi embelesamiento. «Ah, sí. Consiguió ahorrar lo suficiente para montar un restaurante de comida japonesa, claro. No en vano durante la guerra y debido a su corta edad fue relegado al puesto de pinche de cocina. Apenas entró en combate, solamente en la batalla de Guadalcanal, y ya ves que al parecer era más hábil con el cuchillo y preparando sopa de misho que con el fusil. Como ya te he dicho se casó con mi tía, haciendo ambos caso omiso a las presiones familiares. Yo no lo conocí hasta que no cumplí los diez años, más o menos cuando la presencia de aquel enjuto e introvertido oriental comenzó a ser aceptada entre el círculo familiar. El restaurante empezó a marchar cada vez mejor hasta que montaron otro y eso les permitió dejar de trabajar con la intensidad que hasta ese momento lo habían hecho. A partir de entonces Watanabe se dedicó a visitar ambos locales con el fin de que todo marchase correctamente… y a escribir, supongo». «¿Sigue vivo?», me espetó con cierta impaciencia. «No, murió hará unos veinte años». De repente el silencio se apoderó de aquel bar de carretera. Nos quedamos unos minutos allí sentados como dos estatuas de sal meditabundas.

Apuré el resto de aguardiente que quedaba en mi vaso y me levanté, ya era tarde y me sentía un poco mareado. Me despedí del camarero con la intuición de que esa no iba a ser la última vez que nuestros caminos se cruzasen. Al salir por la puerta el aire fresco me abofeteó devolviéndome a la realidad, como si durante todo este tiempo hubiera tenido la sensación de estar protagonizando una pequeña obra de teatro. No me percaté de los papeles que el camarero me había dado hasta que vi el letrero también incompleto que indicaba la salida de aquella ciudad: « va mor », y fue en ese momento cuando comencé a imaginarme a mí mismo como un miembro más de esta ausente generación.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Verosímil. Absolutamente verosímil. El viejo Nicolai debe de andar agitándose bajo tierra, en esa tumba tan deslucida que casi flanquea la margen oriental del cementerio municipal de Mendoza, aquella tumba donde mandó ser enterrado, viejo fabulador y tramollista, sobre un bombo, unos platillos, a su diestra la guitarra y encajada en su boca desdentada, una vieja harmónica oxidada. Parece que la suplantación de personalidades empieza a dar resultados. Pronto volverán a tener noticias mías. Tengan cuidado con el señor Maxwell, ese perro ataca la carnaza incluso antes de olerla. Pronto sabrán a qué me refiero. Por cierto, tras algunas pesquisas he averiguado que en los próximos días el Señor Shsss tendrá a bien establecer comunicación con ustedes. Quizá les cuente algún día el episodio de Wanatabe y Nicolai en Yokohama. El asunto empieza a animarse...

El Topo.

Lucas Leiva, medio centro suplente del Liverpool de New Gomore dijo...

Qué bueno, señor de la Rogne (hoy más señor que nunca). Ojalá podamos transformar nuestras pesquisas en una pequeña publicación al estilo de las de Ediciones RaRo. Sí, ya sé, más trabajo para New Gomorre, pero creo que merecería la pena. Y ya mismo LiteraDura...

Anónimo dijo...

pero, por dios santo, que nivel de confusionismo... me entero ahora de que el responsable de esta segunda parte es el varón tierno! felicidades pues