20 ago. 2013

Al fin libre

A mi compañera y a mí no nos iba nada mal. Teníamos buenos trabajos, una casa grande, bien amueblada, con cierto aire exótico en el conjunto. Y por supuesto las facturas pagadas al día.

Como cada mañana, entré en mi todoterreno, me miré el engominado del pelo en el espejo y, sin sonreír, puse rumbo a mi trabajo en un edificio de oficinas del centro.

El atasco de costumbre y las prisas cotidianas. La discusión en el semáforo y los insultos de costumbre. Las siete y media de la mañana y treinta sofocante grados.

Saludo al guardia de seguridad del recibidor, botón del ascensor, décima planta. Pasillo y medio respirando aire acondicionado, saco mi tarjeta, ficho y me dirijo a la sala de juntas. Han llegago todos.

Sin sonreír saco una recortada del pantalón y vacío el cargador sin vacilar, dejando para el final una bala para decorar con mis sesos toda la sala de juntas. Al fin libre.

- Curro Rodríguez (La Compañía. Microrrelatos para usar el orinal, Ediciones Teoría de la Catástrofe, 2012).

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