Su voz enronquecía por días a causa de las dos cajetillas de cigarros que despachaba cada veinticuatro horas, y sabía que además de calvo, terminaría con un hueco en la garganta y un pañuelo de cuadros en el cuello, como un cowboy en horas de merienda, hablando tal vez con un aparatico que le daría voz de robot de acero inoxidable. Ya apenas leía y hasta se había olvidado de los días en que se juró, mirando la foto de aquel Hemingway que resultó ser el ídolo más adorado de su vida, que sería escritor y nada más que escritor y que todo lo demás eran acontecimientos válidos como experiencias vitales. Muertos, suicidas, asesinos, contrabandistas, proxenetas, jinetes, violadores y violados, ladrones, sádicos y retorcidos de todas las especies y categorías, sexos, edades, colores, procedencias sociales y geográficas. Muchísimos hijos de puta. Y huellas, autopsias, levantamientos de terreno, plomos disparados, tijeras, cuchillos, cabillas, pelos y dientes arrancados, caras desfiguradas. Sus experiencias vitales.
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