10 oct 2010

La pared de los cien ojos

Busca, por ejemplo, el beso aséptico de la posmodernidad. Busca la ficha policial de Stalin o el rostro, agazapado junto al sombrero de Parra, del insolente Martin Amis. Encuentra la mirada despiadada y clarividente de Beckett o a Mishima, dando su último discurso asomado en un balcón. Busca a Julia, resguardada tras su cámara y a Cortázar, meditando en su mesa de trabajo, allá en París. Busca a William Morris, a Justo Navarro o al bueno de Auster. Busca, si te atreves, a Bin Laden. Busca y encuentra el poema de Rakel Rodríguez donde decía aquello de las uñas rotas... Busca a la miliciana que lee despreocupada la prensa obrera. Busca a King Kong. Busca la foto con los narcotraficantes más buscados de Colombia. Busca el rostro hijo de puta del tío Sam. Busca...

Busca en el mandala que tejió los días del 50, en aquella habitación que parecía no tener paredes y en la que hasta la desesperanza hallaba algún refugio. Un tabique tapiado con el puzzle de las influencias y una mesa frente a él. Un recorte por día. Un relato por día. Todo lo demás sobraba.

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