29 jun. 2016

Narcocultura

Este necropoder ejercido por el narco guarda importantes similitudes con el que detenta el Estado, en la medida en que todo poder se ejerce sobre los cuerpos y en que ambos tienen en la violencia la clave fundamental para conservarse. Sin embargo, también tienen algunas diferencias, entre ellas el hecho de que los narcos son los que se reapropian de las herramientas del Estado para empoderarse y satisfacer así las demandas capitalistas de hiperconsumo. Además, el ejercicio del poder llevado a cabo por el Estado carece de la publicidad que utilizan los narcos. El Estado ejerce la violencia en privado, oculta de la luz pública: la pena de muerte, las torturas y el confinamiento en prisión no llenan las horas de televisión y páginas de periódicos. Sin embargo, esta lógica de la exhibición no es del todo ajena al Estado, que hasta hace poco ejecutaba públicamente a los condenados y dejaba sus cuerpos en la calle para que sirviesen de advertencia. Simplemente dejó de necesitarlo en el momento en que consiguió asegurar el monopolio de la violencia, pero esto no implica que no recurra de nuevo a ello si se ve amenazado ese monopolio, como de hecho sucede en los conflictos armados, donde es frecuente, por ejemplo, ver ejecuciones públicas. Otra diferencia importante es que el ejercicio del poder llevado a cabo por el narco cuestiona la eficacia del disciplinamiento ejercido por el Estado. El control total de la población es una utopía, y el narco lo demuestra permanentemente. Esto no quiere decir que los narcos sean sujetos de resistencia, pero sí que el Estado ha fracasado en su intento de ejercer un control social plenamente efectivo.

- Layla Martínez (Narcocultura. Necropolítica, capitalismo gore y ultraviolencia. Antipersona. Madrid: 2016).

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