7 feb. 2018

«¡Arriba, niñas! Vamos a destrozar las máquinas»


Una de las cosas que más me gustan de El lenguaje secuestrado, de Antonio Orihuela (Piedra Papel Libros. Jaén: 2018), es que, más que ofrecer respuestas, nos anima a formularnos toda una serie de preguntas que tienen que ver con la genealogía política del lenguaje. Aquí un pequeño ejemplo:

Las palabras y las cosas, sí; ante el centrifugado de lo real y el vacío de sentido que promueve el poder, acaso sea la revolución devolver el significado a las palabras, provocar un desplazamiento de los significados para el que no hallaríamos genealogía alguna. Qué sería de nuestro pasado y, sobre todo, cómo sería nuestro presente si las insurrecciones ludditas o el sabotaje a las fábricas, hoy descritas como actos de primitivismo obrero sólo comprensibles en países subdesarrollados, fueran vistas como resistencias a la industrialización y a los modelos de intensificación productiva propios del capitalismo. ¿Volveríamos a seguir a aquella desenvuelta cigarrera del barrio de Lavapiés llamada Encarnación Sierra que, al grito de: «¡Arriba, niñas! Vamos a destrozar las máquinas», puso en pie de guerra a cinco mil mujeres que desguazaron todas las máquinas de liar tabaco que acababan de instalar en la fábrica porque iban a quitar muchos puestos de trabajo?

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