7 oct. 2014

Llueve...




Llueve una fina manta de gotas finas
hacen que el llano se enturbie un poco esta tarde.
No muerde el agua el suelo, sólo lo toca y espera.
Bajo la coscoja abre sus ollares la mula y respira
traga vida apostada entre los albardines que lindan el camino al pueblo.
Mañana la piedra parirá verde y el monte se hará fértil,
las ratas comerán nueces, guardarán a la fresca las mejores bellotas
bajo la encina y las bestias andarán repasando el suelo lamido.
Cuando el cielo para luces con la luna
bajarán los marranos y hozarán para buscar raíces
y frutos escondidos bajo la arcilla de esta tierra.
Si siguiera así, se abriría la flor blanca de la patata
y no abrazaría la besana su fruto con fuerza,
lo acurrucaría en su manto sin hierba.
Dentro de poco se sembrarán los maizales del señorito
en la loma pues han de venir este año tempranos
por el hongo y las yuntas 
descansarán tras la tapia trazando al sol un cementerio de elefantes.
El camino del monte está quemado
por eso el agua le viene bien,
así los abrojos que mordieron el pelo de la Carmina
y que cayeron al tocarle la trenza darán,
con mas fuerza,
terciopelo.
El día del patrón de la aldea, de hace muchos años,
cuando las zoquetas descansaban
y Nicolás tocaba el acordeón hasta la amanecida
y en cada casa se mataban dos pollos
para sacarlos en el puchero a la puerta de la calle,
la Carmina se fue al monte y llovía y cogí sus trenzas
como el que acurruca a un par de chamarices huérfanos entre sus palmas,
limpié la tizne de la candela en sus manos con mi camisa,
que era un harapo hecho ropa,
toqué sin miedo sus uñas, las diez, y fueron marfiles sus dedos,
subía la alhucema hasta sus rodillas y la flor miraba hacia arriba para besarla,
fue mi dedo de carbón el que tocó el borde de sus orejas,
la boca, la nariz,
el guadamecí tallado por el sol de su frente,
el perfil perfecto de sus párpados,
la carne florida de su boca.
Y no le dije nada, sólo recuerdo que llovía, como lo hace ahora.

Ángel Rodríguez López

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