9 ago 2010

El hueco que deja el diablo


El lector piensa en el día en el que empezó a leerlo.

Ahora que lo cierra definitivamente, al escribir registra lo que pensó cuando abrió el libro por primera vez. Y escribe que el lector pensó que no se podía estar acompañado de un libro más raro en aquel momento, cuando se sentía absolutamente fuera de sitio en el mundo.

Un libro rarísimo: El hueco que deja el diablo, de Alexander Kluge. Su editor le había dicho que lo leyera, que notaría ciertos parecidos interesantes. Compartís muchos recursos, dijo. Os interesan los mismos temas, dijo. Pero no te confundas, dijo, es infinitamente mejor que tú.

-Eso ya lo sé. No hace falta que me lo diga un editor.

Fuera del mundo, he escrito... Desvelado el narrador, os digo que aquel día el lector no encontró ni un maldito hueco donde dormir. Todas las madrigueras selladas. Se echó la mochila cuadrada al hombro y recordó aquel cuadro de Courbet. Eso le hizo sentirse conectado con la historia y, en ese sentido al menos, se supo un hombre real.

Mientras caminaba por la ciudad, tuvo la sensación de que todo el mundo se apartaba. Era una percepción densa, que masticaba pesadamente y le hacía revolverse en torno al hilo de la náusea. Ganas de vomitar para darse la vuelta.


-¿Será el libro? -se preguntó en voz alta mientras una mujer finjió ignorarle.

En un primer momento, no encontró respuesta. El lector detuvo sus pasos en medio de la acera, bajo cuarenta grados, plantado frente al vértigo.

-No es el libro -dijo finalmente.

Giró sobre sí mismo. Echó de nuevo a andar.

-Buenas tardes, caballero. ¡Yo soy Courbet! -le gritó a un tipo que pasaba por la calle.

-Buenas tardes -le contestó asustado.

Al ver los ojos del ciudadano desencajados por el terror, el lector atisbó la frontera de la locura. Entonces guardó silencio. Se sintió como un idiota. Aquella semana decidió permanecer callado.

Juan Cruz López -NG-

1 comentario:

Anónimo dijo...

definitivamente juan, se te está yendo la cabeza... buenas vacaciones, nene