4 mar. 2016

Joaquín Fabrellas reseña "El nombre de los hombres"

El nombre de los hombres. Juan Cruz López. Baile del sol. Tenerife. 2016. 

Este es el hermoso título del poeta Juan Cruz para su primer poemario que se divide en tres secciones: Sed, Sombra y Semilla. La voluntad del poeta se desdobla en una voz de correlato que le sirve para anclar las ideas del poemario que desgranan la solidaridad, la esperanza en el hombre, el cansancio de asumir la misión encomendada no al hombre sino al poeta: dar voz a aquellos que no la tienen toda vez que esta sociedad estructura más obstáculos entre la voz y la boca, o si la tiene, se llena de adornos que nada vienen a decir en un discurso perlado de demasiadas palabras bonitas que no tienen significado o que poseen una ambivalencia de sentido, véanse los grandes medios de in-comunicación que son los auténticos valedores de un poder que no aplica vendas a su miseria más íntima, a su más bella falacia entonada por ninfas que solo llenan pantallas. 

Esa es la función del poeta, la revelación de lo otro, ese es el mensaje que nos da la voz poética en este poemario de Juan Cruz; la poesía como elemento revelador, la poesía cuya única función es contar lo inefable, de ahí la magnífica cita de un poeta definitivo: Manuel Lombardo Duro, lo inefable, al final acaba diciéndose, que es como traducir a Witgenstein, un Witgenstein dulcificado, ese que habla de los confines del universo contenido en un único lenguaje mal diseñado, porque el lenguaje es un problema en la buena poesía, o te sobra o te falta, y el buen poeta debe hallar un camino en el desfiladero que conduce al abismo o a una senda preestablecida que es la muerte del poeta y su idioma. 

Juan Cruz debe cambiar el eje del lenguaje, que transita entre lo desconocido y se adentra en lo simbólico como el profeta zoroástrico Zaratustra, ese que subió y bajó con un mensaje nuevo, la muerte de Dios, la muerte de una religión muerta, en una especie de justificación de la falta de fe en un catolicismo con demasiadas contradicciones que ha inventados rígidos dogmas y ha olvidado su carácter cultural y revelador, la poesía es mensaje divino, se practica aquí y en toda buena poesía la enteogénesis, desde la interpretación de un libro inagotable como la Biblia. La poesía de Cruz es desacralizadora, desmitifica las bases que asientan esta Europa que desconoce su origen pagano y mágico, el verbo, la carne hecha verbo, palabra y eso es ya poesía, como lo sabría muy bien un avisado Gil de Biedma en Las personas del verbo dando importancia al logos espermático de los griegos. Porque la poesía es palabra y fundación en imágenes de una nueva realidad, esa que no saben ver los demás. 

Las tres citas que dan paso a las tres secciones del poemario están sacadas no en balde de la Biblia y más precisamente del bellísimo y aterrador Apocalipsis, un libro que ha dado lugar a una enorme cantidad de interpretaciones, del libro de Job, uno de los más conocidos de los libros sapienciales y del evangelio de Mateo. Así el libro de Juan Cruz. 

Es significativo el uso de la semilla en el libro como aquel elemento que se da por definición, engendra significados, vínculos con las cosas y lazos afectivos con lo que nos rodea. Ese es el fulcro desde el que se inicia el discurso de Juan Cruz, un lenguaje que quiere desvestirse de los significados tradicionales, por lo tanto puede leerse desde diferentes puntos de vista, el más apasionante es el que renace desde la anfibología, desde la incertidumbre de un lenguaje y una sintaxis que juegan a ser algo más, traspasar los límites de la poesía misma y generar un punto cero de significación o miradas interesadas: 

“Entonces recordé / las llamas / de la palmera ardiente.” 

El poeta nos habla de la necesidad de buscar palabras nuevas toda vez que se enuncia una poesía que no se basta con un modelo tradicional y lastra el desarrollo conceptual de su narración: 

”para pasar la noche / y una tribu de palabras nuevas / […] / pude recuperar / al menos la lengua.” 

No habrá solución para el hombre con un idioma viciado o abstruso, de ahí la necesidad de volver a nombrar las cosas. El lenguaje se engendra a sí mismo: 

“Fue una semilla”. 

Es, en definitiva, un poemario inteligente y sensitivo, rico en interpretaciones, una poesía que nace a contracorriente para sembrar conciencia crítica. 

Joaquín Fabrellas

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