3 nov. 2013

El filo de la navaja


Durante el curso de mi vida me he encontrado en muchas situaciones extrañas. Más de una vez me he visto en peligro inmediato de muerte violenta. Más de una vez he tocado con las manos lo novelesco y aun lo he vivido. He cabalgado en un caballito a través del Asia central, siguiendo el camino que tomó Marco Polo para llegar al fabuloso país de Catay; he bebido un vaso de té ruso en una convencional salita de Petrogrado mientras un hombrecillo de voz acariciadora, vestido con una chaqueta negra y pantalones rayados, me contaba cómo asesinó a un gran duque; he estado en una sala de Londres, escuchando la serena genialidad de un trío para piano de Haydn, mientras en la calle retumbaba el estrépido tronante de las bombas de aviación; pero no creo que me haya encontrado jamás en tan peregrina situación como cuando estuve sentado en el diván de rojo terciopelo de aquel rutilante café, hora tras hora, mientras Larry hablaba de Dios, la Eternidad, lo Absoluto y del agotador revolver de la rueda de infinitos renacimientos.

- El filo de la navaja, Somerset Maugham.

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