Philip Rogina también balbuceaba. Empezaba algunos poemas temblando. Escribía más por necesidad que por otra cosa, pero su autoexigencia le hacía dejar abocetadas muchas de sus composiciones poéticas, en su mayoría embrionarias. Entre sus papeles se pueden encontrar muchos ejemplos. Son algunos de sus poemas inacabados.
1.
¿De qué color es el dolor?
Del color de un hombre solo
y viejo
bajo el sol, en un parque,
rodeado de niñas
que le miran
y preguntan a sus madres
quién
2.
Seattle.
Te busco por todos lados.
No estás en el hotel.
La botella a medias
pero mi piel entera.
Tus uñas vírgenes,
inmaculadas desde
que tu desprecio
te ha transformado
en una
3.
Tu vestido blanco
tiene una mancha
de vino
que parece
la puñalada que un día
te tuve que dar.
Soy un asesino imaginario.
Camino de la mano
de la ficción.
Mi nombre es hijo
de la
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