5 abr 2010

Dos poetas de La hamaca


En el barrio de San Ildefonso, cerca de la imprenta (no os diré exactamente donde para que no la acoséis) vive una poeta. Se llama Yolanda Ortiz. Es pequeña, despaciosa y trabaja sin descanso, aunque a veces no lo parezca. Te puedes fiar de ella porque es generosa y le gustan Carver, Monzó, Viñals, Juarroz... Y también otro poeta, Ángel Rodríguez creo que se llama, un bambino díscolo y sincero como un canto rodado. En ese sentido, al hablar de él hablamos ni más ni menos que de un poeta paleolítico, y eso, cansado de tanta modernez vacía, me congratula, porque antes que poeta es un amigo.

(Los tribunos de la plebe silencian los gritos del populacho, que exigen que en el ágora se deje de hablar de los colegas patricios que gobiernan la city).

Pienso en Yolanda y Ángel meciéndose a ritmo de lambada sobre una hamaca que ahora es verde y que dirige desde hace años un poeta que te sopla en el cogote animando a pelear. Me refiero a Juan Antonio Mora.

Yolanda publicará en el siguiente número. Ángel, en el verde del que hablo. Os dejo con él.

Verde difunto, verde que baila en la rama.
Cerveza en el suelo.
Otoño,
ha llegado la noche.
El asfalto ha levantado las manos y se apodera del cielo.
Ceniza, rastrojos, habitando tristeza las llagas.
Marchas con compases oscuros, caimán deshabitado.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias, compañeros.
Ángel

Marlango dijo...

Yo a la Yolanda esa creo que la conozco. Se llevó mi secador y no me lo ha devuelto. Es poeta y eso es bueno, eso ayuda a crear bondad y sensibilidad, y mundos paralelos ajenos a la puta mierda que nos acecha en las eaquinas, en las colas del supersol, en los subterfugios de lo más recóndito de la Diputación. Es mejor esto que nada...¿que no?