17 may. 2011

La tregua



Anochece. La ciudad fluye imparable hacia su propio
recogimiento. Yo camino bajo una lluvia mansa y apacible
con la oscura esperanza de escapar. Escapar de ti, escapar de mí.

Sólo necesito descansar. Sumergirme en las cálidas aguas
de la amnesia. Dejarme arrastrar por su corriente silenciosa,
lejos de cualquier parte, a salvo de este eco ensordecedor.

El distanciamiento de todo como condición indispensable
para la propia supervivencia. La necesaria tregua que difumine
mis contornos. Un chasquido que lo transforme todo,
irremediablemente y para siempre.

La visión empañada por una luz mortecina. Estos ojos
cansados bajo las huellas del dolor. Fragmentos de un
cuerpo desgajado y epiléptico, anquilosado por la servidumbre,
vuelan hacia una nueva forma de destrucción: más letal,
menos complaciente.

A medida que escribo, cada palabra se desmorona, se cae
y empuja a las demás hacia un laberinto atemporal, fuera
de esta existencia marcadamente insustancial. Yo voy tras ellas.
Las acompaño en un viaje insólito libre de toda carga,
liviano y transparente, por este río de lava que todo lo engulle.

Fundirme en este manantial seco de palabras es lo único
que ansío. Un acto de violencia que no me permita,
ni en el más alejado recoveco del inconsciente,
salir indemne.

Alfonso J. Molino

1 comentario:

Roque dijo...

Como poema, Alfonso, la verdad es que me parece demasiado narrativo, pero también es cierto que el texto me gusta mucho.