3 mar. 2011

Kitchen, Banana Yoshimoto

En homenaje a los japos, elijo un pequeño cuenco para el café. Mi cafetera no tiene asa. Hay que hacer un ejercicio de ingenieria balística para saber cómo demonios verter el líquido sin abrasarte las manos. Homenaje a los japos. ¿Por qué? Pues porque he acabado Kitchen, de Banana Yoshimoto, un libro que me recomendó Paz y que, pese a ser el primer libro de la japonesa, me ha gustado bastante. Aunque Sueño profundo le hace sombra, mucha.

Agarro el pequeño tazón con dos manos y bebo al estilo zen (que no sé exactamente cómo es, pero me lo imagino, no sé, así que como que muy despacito, con los ojos cerrados y pensando en cisnes, que no gaviotas). Riquísimo.

Sigamos. Leer a los japos siempre me da hambre. Cuando salen esos pepinos gigantes y esas bolas de arroz, esos fideos chinos a la japonesa y esa tempura crujiente... Que te de hambre leyendo un libro es de las mejores cosas que te puede pasar, sobre todo si comes menos que un gorrión y te pasas todo el día zampando basura turboindustrial.

Todos los japoneses me saben igual, sus libros. Aunque he leído pocos, la verdad, Yoshimoto, Ōe, Murakami y Akutawa. Quizá se me escape alguno más que no recuerdo. Seguro. Ahora tengo a Kanikosen en reserva. Los japoneses me espantan, no sé, me gustan mucho, pero me dan miedo. La mayoría de sus historias giran sobre personajes sobre los que la cotidianidad pesa de una manera asfixiante. Personajes que boquean como peces fuera del agua. Personajes que guardan una soga en el bolsillo y se ahorcan cuando la cosa se pone chunga. Personajes, eso sí, tan hiperreales como tú y como yo.

No sé, ya me diréis. Interesante el epílogo de Kitchen, eso sí. Un epílogo donde nos habla de las condiciones de producción de la obra. Algo que, por supuesto, no condiciona en absoluto la lectura, pero que es interesante como texto que nos permite abundar en eso llaman construcción social de la literatura, algo a lo que volveremos pronto.

Banana no es un nombre de tango.

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