30 ene. 2011

Las palomas esperan a Romeo (tentativa realficcionalista nº5)

Yo, el hombre del pañuelo rojo,
te daré cuanto poseo: mis ganancias de esta semana.
Cógelas y cómprate un anillo de plata
y cásate conmigo y apacigua mis ansias.
Por lo demás, cuando estemos casados,
cubriré mi frente de sudor
trabajando para ti. Y entraré en una casa,
y tú cerrarás la puerta.

Gitano, un poema de D.H.Lawrence

Desde que Julieta y yo vinimos a vivir a este piso, hoy hace treinta y nueve años, siempre he hecho lo mismo. Cuando las campanas de la Plaza Mayor dan las seis me levanto de la cama, voy a la cocina y enciendo el gas para preparar una infusión de manzanilla. Luego, cuando ya está preparada me siento a leer o releer algún libro de la biblioteca. Antes, en la época en que todavía estaba conmigo, muchas mañanas le recitaba poemas de Lawrence o de Kipling en voz alta, mientras ella hacía la cama, limpiaba los platos del desayuno o hacía cualquier cosa, porque Julieta era una mujer muy activa y vigorosa y siempre estaba haciendo algo… Había un poema de Lawrence que le gustaba en especial: Gitano, que fue con el que le declaré mi amor, así que siempre tuvo algo de especial para nosotros. Desde que murió, no he vuelto a recitar ninguno en voz alta; es más, desde que murió, creo que no he vuelto a tener una conversación con nadie, quitando las básicas que a uno le impone nuestra propia naturaleza social como “gracias”, “deme dos barras” o “sí, por favor, la leche templada”. Quizás es esa la razón por la que hoy escribo esto.

Esta mañana mirando todos mis libros amontonados en el salón, me ha venido a la cabeza que en vida siempre me regañaba porque los dejaba en la cocina, en el baño o en cualquier mueble de este pasillo que, cada día que pasa, parece más largo y más oscuro. Así que, justo después de la manzanilla, me he puesto y los he ordenado todos, como si en cualquier momento pudiera venir. Hoy me he despertado con esa sensación y he limpiado toda la casa. He limpiado el polvo con el plumero, que sigue justo en el mismo sitio donde ella lo dejó, me he afeitado y me he dado un baño. He hecho la cama y después he estado un buen rato mirando las fotografías que nos hicimos en todos nuestros viajes: Teotihuacán, en el malecón de la Habana, en la pirámide de Kefrén, en el Partenón. A Julieta le encantaba viajar y todos los años, para las vacaciones de verano, tenía preparado algún viaje y siempre, los días previos a éste, estaba muy nerviosa preparando todo lo que necesitaríamos. Siempre me apoyé mucho en ella para todo; siempre decía en broma, aunque no puedo negar que en ocasiones lo dijera en serio, que yo a lo largo del año estaba seis meses con mis libros y otros seis en las nubes y que de todo lo demás siempre se encargaba ella… ¡Ay, Julieta!

Nunca tuvimos hijos, nunca nos planteamos si por culpa de ella o mía; simplemente no llegó y nos amoldamos el uno al otro. Y así pasamos tantos años que a la larga, en la cama de aquel hospital y viéndola como se me apagaba, se me hicieron cortos. Sus últimos días fueron soleados y hermosos, eso me tranquiliza un poco. Ella miraba los álamos del paseo que se podían ver desde la ventana y yo le llevaba pastas para merendar y algún libro. Me acuerdo todos los días de ella, la echo mucho de menos.

Cuando han llegado las nueve, como hago siempre que hace buen tiempo, he cogido mi gorra y mi chaqueta y he ido a pasear un poco. Siempre voy a la Plaza Mayor con unos trozos de pan, que voy desmigando alrededor de una gran bandada de palomas que todos los días vienen a acompañarme en mi soleada soledad, en el mismo banco donde mucho más joven me arrodillé y, cogiéndola de la mano, le pedí que fuera mi esposa una noche al salir del cine Salazar, el cual no es ya más que un viejo edificio abandonado y en ruinas, igual que el café Chacón donde quedábamos con los amigos a tomar los domingos café después de salir de la sesión de las cinco de la tarde.

Poco a poco va desapareciendo todo aquello que me hacía reconocible esta ciudad, o simplemente se han convertido en otras cosas en las que yo ya no me siento tan partícipe. Ahora, lo que antes era la tienda de ultramarinos La Chilena, es una gran tienda de ropa de marca, o el edificio del Casino que lo han convertido en un gran centro comercial y, aunque mantiene la misma fachada colonial con los grandes ventanales apuntados por los que antes salía una luz tenue y música de zarzuela, ahora sale una gran música estridente y la voz de una señorita que constantemente recuerda las múltiples ofertas inigualables que podemos encontrar en su interior. Con esto no quiero decir que ahora sea peor y que antes fuera mejor; simplemente que ahora estoy fuera, desplazado de todo este bullicio, donde la gente va rápidamente de un lado a otro, y del que ya no espero nada.

Antes de volver a casa, he cambiado de itinerario y he bajado por el paseo de la playa hasta el instituto en el que trabajé durante cuarenta años; hacía mucho tiempo que no hacía este recorrido. Quería ver algo familiar, que no hubiera cambiado y en el que pudiera verme reflejado. No había torcido la esquina que daba a la gran verja del jardín del instituto y ya se podían oír las voces de los muchachos que se encontraban en clase de Educación Física. Observé el aula, en la que tantos años pasé, y sentados atendían, una veintena de muchachos, a la explicación de su profesor, el cual tenía que haber dicho algo gracioso porque todos reían. Yo también he sonreído y me he ido a casa un poco menos triste.

Al llegar, me he quitado mi gorra y mi chaqueta. Me he puesto cómodo y mientras me he tomado un par de copas de anís he leído a León Felipe, Tagore y Espronceda. Todos ellos: Borges, Capote, Hesse, Joyce, tantos y tantos, se han quedado bien apilados en su sitio y me he preguntado en qué manos acabarían todos ellos cuando yo desapareciera, qué pasaría con todas esas anotaciones que durante años había escrito en los márgenes mientras tomaba lo que se puede considerar mi última cena: un trozo de pan con jamón.

Hacía las ocho de la tarde, cuando tengo costumbre de tomar otra manzanilla, me he dirigido hacia la cocina y he puesto el gas. Pido disculpas por el perjuicio que haya podido causar con esto, pero no he encontrado mejor forma. Con lo que ha quedado de mí, pueden hacer lo que puedan o quieran, ya que no tengo ningún familiar que se pueda responsabilizar. Ojalá exista un paraíso para encontrarme con mi amada Julieta.

Solo una última voluntad, si es posible. Encima de la mesa hay un trozo de pan que me ha sobrado de mi última cena y que ya he hecho migas. No sé si sería posible que se las echaran a las palomas de la Plaza Mayor, que seguro me estarán esperando.

Sin nada más que decir, me despido de la vida. Adiós.

Curro Jiménez -NG-

4 comentarios:

nueva gomorra dijo...

Muchas gracias, Curro, por mandarnos este relato tan tuyo.
Un fuerte abrazo.

Roque dijo...

Es muy duro, ¿no? Yo creo que hay que resistir hasta el final. Pero me ha gustado mucho.

silencio dijo...

eeeehhhh!!!!

Anónimo dijo...

Muy bueno.