21 oct. 2009

El sentido antropológico (Tentativa realficcionalista nº2)


Malinowski

A Francisco Cobo de Guzmán Godino


No terminó de acercar la cuchara colmada de fideos a la boca cuando mi padre, con la cara que siempre le caracterizó de viejo coronel, agria y disciplinaria, me preguntó:

–¿Antropología? –y tras un breve silencio– ¿Qué coño es antropología? No conozco a nadie que sea antropólogo. ¡Juani! –preguntó a mi madre que cosía en el patio– ¿Tú conoces a algún antropólogo?

– Sí, este que va recorriendo España con una mochila, creo que ese hombre es antropólogo… ¿Cómo se llama?... Lo tengo en la punta de la lengua…

–¡Ah, ya! Ese del bigote, –interrumpiéndole– yo tampoco recuerdo cómo se llama, da igual –terminándose de meter la cucharada de sopa.

Sonrió antes de introducir nuevamente otra, la última, limpiándose con la servilleta y dejándola dentro de un plato rebañado. Había terminado la sopa y la conversación, era la hora de la siesta.

– Bueno hijo, tú sabrás que en claro vas a sacar de la antropología esa –refiriéndose a ella con cierto tono de desprecio, bostezando y frotándose la mano por su protuberante barriga– ni qué cojones puede enseñarte de la vida… Pero en fin, como ya he dicho, tú sabrás.

La reflexión vital que por mi parte debería haber seguido a esto quedó interrumpida por mi madre que, como quien se alivia de su carga, exclamó:

–¡Miguel de la Cuadra Salcedo, coño! Que no me salía... ¿O no? –entrando su mirada nuevamente en una espiral dubitativa, en una mirada hierática, allí sentada en su vieja silla de la costura– ¿Miguel? Miguel creo que no es.

Evocar aquella escena me ha hecho soltar una pequeña carcajada que no han terminado de entender mis compañeros de celda: un chamaco de unos dieciocho años, todo lleno de tatuajes, rapado, con un fino bigote que bordea su labio superior y una mirada que dice: “No quiero ser tu amigo”, y el otro, un borracho pequeño, no es otomí, sólo pequeño, moreno y con los ojos achinados que acaba de proponerme una mamada por treinta pesos. “No gracias”, le contesté.

No puedo verme la cara pero sé que la tengo inflamada, puedo notar como la sangre coagulada intenta salir por una pequeña brecha, en mi ceja, que he podido tantearme con la yema de los dedos.

Recuerdo que ayer pille una buena cogorza. Panterita Rosa, Varón Tierno y yo conseguimos unos pesos de mota a la vuelta de fotografiar el cementerio, que en esta época de ofrendas está precioso, y fuimos a ofrendarle una poca a la Santa Muerte que hay en el mercado de Sonorita. Cual fue nuestra sorpresa que en el barrio del mercado había feria. Las calles estaban tomadas por puestos y cachivaches y cientos de personas revoloteando entre ellos. Panterita, con una sonrisa picarona, más bien diría picantona, me señaló un cartel: “Cerveza a precios populares”.

Mi estómago no admite ya ni la idea de pensar en alcohol y tengo que salir corriendo a la letrina a vomitar como una bestia. “Así te ves por tu mala cabeza”, pienso mientras expulso bilis entre arcadas que prueban a desencajarme la mandíbula y las venas de la cara prueban a explotar; no hay resaca sin arrepentimiento, estoy como las mierdas. Al apoyarme sobre una de las cuatro desquiciantes paredes color verde agua que envuelve la celda puedo ver al chamaco de los tatuajes con la misma mirada pero, esta vez, con gesto de asco ante tan escatológico acontecimiento. El de la mamada, que ya tenía cara de no apetecerle mucho la idea, había dado un salto, asustado, al verme correr hacia la letrina y ahora estaba sentado al lado del chamaco.

Al levantarme a vomitar he visto que sólo llevo puesto un chubasquero y las alpargatas que me compré en mi último viaje a Veracruz. Estoy en calzoncillos. ¿Y mis pantalones?

Recuerdo que andábamos por la paralela a Revolución cuando Varón propuso que fuéramos a un billar que conocía a seguir la fiesta, que estaba muy bien y que había música en directo. Al llegar nos sentamos en una mesa y rápidamente tres prostitutas se sentaron con nosotros. Pedimos vodka por seguirle la gracia a Varón, ya que una de las chicas, debido a su tez blanca y su pelo rubio, lo había confundido con un ruso. El mesero nos trajo una botella de Absolut con sal, limón y café molido. Recuerdo que nos reímos bastante. El “Trío Guerrero” se llamaba el grupo que estaba tocando una versión de Hotel California y no lo hacían nada mal. También recuerdo como Panterita metía su aguileña nariz en el canalillo de una de las muchachas y le hacía pedorretas con la boca y a Varón que levantaba el vaso gritando ¡Na zdorovie! y todos le respondíamos los mismo y bebíamos otro trago.

No lo puedo evitar y solo pensar en la mezcla de sal, limón, café y vodka hacen que nuevamente me tenga que levantar más que aprisa para vomitar pero, a diferencia de la vez anterior, no hay nada que vomitar y solamente sigue un continuo sonoro de arcadas. En esta ocasión las caras de ambos compañeros de celda estaban iluminadas por una sarcástica risa cada vez más conscientes del estado en que me encontraba.

-¿Qué pasó güero, ayer tomó de más?- me pregunta el chamaco.

-¿Dónde dejó los jeans, acaso los cambió por una botella de aguardiente o por unos cigarrillos? – me dice riéndose el maldito chino chupapollas.

¡Cigarrillos!, ahora lo recuerdo, iba por cigarrillos.

¡Putos güeros, ustedes no son unos machos! Nos increpaban aquellas muchachas que dejamos a su suerte y con una botella de vodka sin pagar cuando salimos del billar. Atravesamos el parque que nos separaba de la avenida Revolución camino ya a nuestra casa. Recuerdo que fuimos cantando, viejas canciones de la Huasteca, que Varón había recogido para su tesis, y también viejos éxitos borrachines españoles como “Asturias patria querida” o “Al que no le guste el vino es un animal”, hasta que llegamos a nuestro apartamento. Allí fue, quitándome la ropa, donde me di cuenta que no me quedaba ni un cigarrillo y me hacían falta si quería escribir esa noche, como era mi intención. Sin vacilar ni un solo instante, debido a la borrachera, me puse mi chubasquero y mis alpargatas y caminé hacia una pequeña tienda de barrio que se encontraba sólo a tres cuadras de mi casa, “Don Prudencio”, buen tipo. Recuerdo como Panterita se asomó por la ventana y me dijo que no llevaba los pantalones puestos. En aquel momento de embriaguez todo tenía sentido, mi planteamiento era que el chubasquero me llegaba hasta las rodillas y que podía ser que no llevara pantalones, pero también que llevara pantalones cortos; así mismo se lo intenté explicar a un policía y su compañero que, sorprendidos, me detuvieron nada más atravesar la primera cuadra. Esto, unido a la considerable borrachera con la que iba, hizo que los policías me echaran contra el coche, me cachearan (no sé el qué) y me metieran esposado en él. Anoche aprendí la lección tan importante, que acompañaba a esa reflexión vital que tenía pendiente con mi padre frotándose la barriga: ¿Para qué sirve la antropología?

Ahora me acuerdo, indignado empecé a soltarles improperios y a declarar a los cuatro vientos que conocía mis derechos, que quería hablar con mi abogado y, como un loco, me puse a gritarles artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que aprendí de memoria en una asignatura de libre configuración en la universidad:

– ¡Artículo 5! ¡Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes! ¡Lo han entendido! –mientras iba dándome yo mismo golpes en la cabeza contra la reja metálica que nos separaba.

– ¡Artículo 6! ¡Todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al reconocimiento de su personalidad jurídica! ¡Personalidad jurídica! ¿Sabes qué es eso pedazo de mierda?

El más viejo de los dos, tranquilamente, hizo una señal con la mano al más joven, que era el que conducía, para que parara en el arcén. Una vez paró en la penumbra de la carretera me sacó de los pelos y sin mediar palabra me dio dos patadas: la primera en la cara y en la boca la segunda. Acto seguido me incorporó de rodillas y con una auténtica cara de sádico me introdujo su pistola en la boca hasta el gaznate.

–¡Vamos pendejo! Te reto a que digas algún otro artículo de esos que sabes tú, ¡vamos hijo de la chingada! Te juro por mi Virgencita de Guadalupe que, como me vengáis con chingaderas, tú o tu personalidad jurídica, de aquí hasta la comisaría, ¡le arranco los sesos de un plomaso!

Ahí comprendimos, mi cogorza y yo, que había llegado la hora de cerrar el pico. Durante unos segundos vi la imagen de mi padre comiendo aquella sopa, como si mi subconsciente, a base de patadas en la cabeza, hubiera rescatado esa imagen olvidada. Hasta ese mismo momento nunca había tenido muy claro para qué servía la antropología pero, que te juren por Dios vale, por Dios se suele jurar en vano, cualquier antropólogo lo interpretará como una respuesta reaccionaria contra la institución que lo circunscribe, no contra el dios que mentan, pero cuando alguien te jura “por mi Virgencita de Guadalupe”, eso es culto privado, fetichista, exenta de institución, ciencia pura, es plomaso asegurado, palabra de antropólogo papá, mejor callarse y descansar.

Acaban de traer el desayuno: un café y una torta con algunos frijoles por arriba. En estas situaciones se ve que pierdo bastante la dignidad pero nada el apetito. Además, con algo de comida en el estómago se piensa mejor, eso me ha dicho siempre mi madre. Espero que Varón y Panterita vengan a sacarme. Miguel de la Cuadra Salcedo… tiene gracia.

–¡Por favor señor agente! ¿Sería posible un poco de sal para los frijoles?

Curro Jiménez Melero –NG–

7 comentarios:

tr(a)nshistoria dijo...

Me gusta Curreti. Lo de panterita ya te vale, cabrao... Los astronautas son el infierno, sí señor, yo pienso en café soluble y vodka y solo me consuela la hija del Malinowski mexica. Te hemos abierto una etiqueta para tu serie de tentativas. Nos vemos pronto.

Anónimo dijo...

Hubiera dado lo que fuera por pasar esa noche con el Trio Guerrero. Un abrazo calavera.

De LaRogne

Anónimo dijo...

Esta aparición tuya, después de tanto tiempo sin leer al gordo, me ha colado en un agujero y lo he visto todo, escena por escena... no os gustará leer a bolaño o qué? que locos... historión...

Anónimo dijo...

bueno, releo lo de arriba y no sé si tiene mucho sentido, pero como no tengo ganas de entrar como nueva gomorra ahora en el blog y esas movidas, pues que, que me ha encantado la historia.

nueva sodoma dijo...

Gordini es de Nueva Sodoma, dejenlo en paz y no le obliguéis a publicar con vosotros. Castratis!

nueva gomorra dijo...

Esta serie sí que molaría montarla en una plaquette, ¿no?

Juan -NG-

nueva gomorra dijo...

Sí, esta serie quedaría impecable en una plaquette. Arriba el realficcionalismo.

Un abrazo, Curro. Siempre un placer tenerte por aquí.

Linda Durán-NG-