19 ago. 2009

La trilogía de Nueva York, unas palabras


Entonces hay un escritor que hace años dejó de creer en la literatura. El tipo escribe con pseudónimo novelas de misterio, las produce, es decir, que lleva el ritmo que le marcan los contratos editoriales. Ha creado a un personaje que no le desagrada, Max Work, un tipo infalible capaz de resolver el más endiablado de los casos. Un detective. Este tipo, un tal Quinn, recibe un día una llamada telefónica. Preguntan por Paul Auster. ¡Joder! Son las tres de la madrugada y aquí no vive ese tipo. Cuelga. La llamada se repite hasta que su espera acaba absorbiéndolo por completo. Acepta el caso. Se trata del dolor. Hace años, un reputado teólogo decide hacer un experimento con su hijo: el lenguaje de Dios, llegar a descubrir el verdadero lenguaje de los hombres, el lenguaje sin mácula, el lenguaje primitivo. El resultado del experimento fue un crío encerrado en un cuarto sin luz y sin palabras durante demasiado tiempo. Quinn es el encargado de restablecer el orden, de salvar al chico que ahora es un hombre que tartamudea frente a él luchando con la lengua negada por aquel padre teólogo en búsqueda de una verdad atroz,… ¿acaso existe un orden en la tortura, en la gratuidad del dolor, en el azar?


Esto se encontrarán en Ciudad de cristal, la primera parte de la Trilogía de Nueva York del primer Auster… esto y más, una certera reflexión a propósito de los límites, de la soledad, de los agarres, absurdos, de la lucha de un tipo, de la conquista de la libertad…


Por cierto, ¿alguien sabe dónde demonios anda metido el autor de la primera producción austeriana?


1 comentario:

tr(a)nshistoria dijo...

Creo que se escurrió por un agujero de Brooklyn... Qué buena la trilogía, sobre todo Ciudad de Cristal... Milton, el autor de El paraíso perdido, estaba obsesionado con esa mierda del idioma de Adán, y su secretario ya ni te cuento...