12 jul. 2009

Cómo el ladrón de nísperos venció su gula (cosas de poca importancia)

¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,[...]
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

¡Que lástima! León Felipe

Ahora cuento, para diversión
de los bien resguardados, vuestras vidas,
como cosa de broma. Vosotros sí sabéis
lo que la broma significa.

“Del pan nuestro y la sal de cada día....” Rudyard Kipling

A José Javier, Juan y Paz (LiteraDura)

De niño trabajé de porquero con mi abuelo. Ya no veía bien y, desde pequeño, me mandaron con él, para ayudarle, para que me enseñara el oficio que debía aprender, que me acompañaría el resto de mi vida, y que, algún día, yo enseñaría. Sí, desde niño tuve claro que toda mi vida sería porquero.

El primer día me explicó en que consistía el trabajo: en aprender a leer, a escribir y a cuidar la piara con tiro de piedra certero. A él le enseñó su padre, no pudo enseñar a su hijo pues murió en el desierto, en la guerra, la de África, que me dejó a mi huérfano.

Pasó mi infancia, corrió el tiempo (si un porquero tiene un tesoro, éste es el tiempo) junto a mi abuelo, bajo una encina grande, cuidando ganado puerco, leyéndole sus libros porque él ya se había quedado ciego. Así aprendí a leer, aprendí a escribir y a tener un tiro certero.

Todos los días, a la tarde, llevábamos al señor sus cerdos y, de vuelta a nuestra casa, nos bañábamos en el río bajo el fresco de unas zarzas. Yo recogía los pajarillos que habían caído en los cepos y siempre de regreso, en la linde de una albarrada, había un gran níspero, yo cogía unos cuantos que comía con mi abuelo a la sombra de la parra, en la puerta de mi casa, por la que un día apareció un camión que, como a mi padre, me llevó a la batalla.

De la guerra yo no hablo, no hablo de cosas macabras, que la guerra es miseria, piojos, hambre, miedo y matanzas. Si te vienen entonando epopeyas de algún héroe de la patria, no les creas, que te quieren de carnaza para parca. Acabó la guerra, volví a casa, por lo hondo de la cañada, y allí no estaba mi abuelo, ni en la encina con la piara. Ya no hay piara, soy obrero, ahora yo construyo casas, las mismas que destruyó un día el fragor de la batalla. Ahora todas las tardes cuando acabo la jornada, subo a lo alto de la cañada y, a la sombra de una encina, leo y escribo cosas de poca importancia.

Un día, a la vuelta de la encina, donde ya no había piara, decidí coger unos nísperos como hacía desde mi infancia y bañarme en el río bajo el fresco de una zarza. Cogiendo el agridulce fruto mi dicha quedo quebrada por la llamada de atención de una voz engolada, la del señorito en su caballo que me dijo “¡Eso es fruta robada, que el níspero es mío, que está en mi linde, la albarrada!”.

Solté los nísperos en el mismo tronco y fui vereda abajo en silencio “me cago en tu puta sangre” pensaba, mientras él me miraba con soberbia, la soberbia del que mira desde lo alto de una muralla.

Pos supuesto seguí cogiendo de esa fruta, ya vedada, seguí leyendo libros bajo el fresco de mi parra y escribiendo en la misma encina, donde mi abuelo me ilustraba, cosas... cosas de poca importancia; como la que pasó hoy: paseando por el pórtico de la plaza de Deán Mazas, de mi talega saqué un níspero (era fruta robada), era gordo y carnoso, sólo mirarlo saciaba. Sentado en un escalón, justo cuando la pelaba, cuando mi gula deseosa hacía que mi boca segregara la misma saliva que una bestia parda, vi a aquel señorito del caballo sentado a la sombra de una terraza. Movía una copa de brandy como el dios que mueve el mundo a su antojo desde su atalaya. Miraba el color del licor, a través de su monóculo de plata, con la mirada del que entiende, del que no le dan gato por liebre pensando “Yo no soy tonto, si éste me ha traído coñac del malo por supuesto que se la monto” Con éste se refiere a Juanjo, el camarero de la terraza, un muchacho bastante simpático, que según tengo entendido es gaditano. Algo pasó por mi cuerpo, algo que seguro era insano, me levanté del escalón y aquella ambrosía, ya pelada, apreté con mi mano y mi corazón gritó desde muy dentro: ¡Para Roma lo de los romanos! Y vaya si tuve un tiro certero, di justo en el clavo, en el centro de su calva, el monóculo salió disparado y cayó dentro de la copa de lo que seguramente era coñá del malo.

Yo, que había pecado, lanzando la piedra y escondiendo la mano, no pude reprimir una gran carcajada que puso cara al anonimato del que se atrevió a cometer tan ruin atentado. Empezó a gritar: ¡Al ladrón!, ¡al ladrón! Supongo que gritaba eso por su orgullo tocado, porque yo otra cosa no había robado. Salí corriendo cuando oí el silbato de los guardias. Esto quizás salga mañana en el diario, porque el señorito del caballo trabaja en un diario, y en su columna denuncie que en la calle está creciendo un caos imperante, aunque ahora que lo pienso, seguramente no, él es un profesional y sólo habla de cosas importantes. Yo ahora leo a la sombra de mi parra estas letras que escribí en lo alto de la cañada, en aquella vieja encina, donde había una piara, la que mi abuelo con una piedra me enseñó a que no se descarriara. Hace un rato me bañé bajo el fresco de la zarza y ahora voy a cenar un litro de vino, alcaparras, pajarillos, ensalada y de postre, pues ya sabes, de postre fruta robada.

Curro Jiménez Melero -NG-

2 comentarios:

nueva gomorra dijo...

Muchas gracias, Curro. Siempre has sido un excelente lanzador de huesos... ya sólo falta que para el próximo recital te animes!

Juan
-NG-

nueva gomorra dijo...

¡Qué bueno Curro!

Contenta de tenerte de vuelta en la ciudad.

Esto se llama historia; una sin importancia, dirías tú; con trascendencia, pienso yo; una historia contada con la destreza de un ladrón de nísperos experimentado, de un despierto lector, con la belleza de la encina y el tiro, pero sobre todo, con la belleza de la fruta prohibida.

Un abrazo agradecido

Paz -NG-