9 jun. 2009

Earl Rudolph Powell



― Agente, ¿por qué la declaración de este hombre está en blanco?
― Señor, recibió un correctivo por parte de los muchachos. Al parecer un fuerte golpe en la cabeza lo dejó fuera de sí. Era incapaz de hablar.
― ¿Tiene algún oficio este pobre desgraciado?
― Es músico de jazz, pianista, creo.
― Negro, ¿no es cierto?
― Sí, señor. Además, permítame que le diga, en los bolsillos le encontraron un par de gramos de marihuana y hace meses que se le retiró su tarjeta de trabajo.
― ¿Dónde está ahora?
― Ingresado en el Bellevue Hospital de Filadelfia, señor.
― Está bien, archive el caso.

Esta noche me siento bien. He regresado a casa y voy a tocar en el Birdland. Lástima que no esté aquí Francis para verlo.
Aún lo recuerdo perfectamente, quién podría olvidarlo, pronto hará quince años que en este mismo lugar nos reunimos Parker, Fats Navarro, Blakey y yo. Hasta el sello Blue Note se fue aquella noche con la grabación de un concierto bajo el brazo. Memorable. Una auténtica pena que al poco nos dejara el Gordo, sus dedos contenían un secreto musical que se llevó consigo. Y qué decir de Charlie, él también se marcharía a los pocos años, el más grande, el más loco.
OK, salgamos al escenario…
… estos aplausos suponen ganarle un poco de terreno a la tuberculosis, a los insoportables dolores de cabeza y a esta nostalgia que ya se ha hecho carne en mí. He querido regresar a casa, aunque al otro lado del charco haya vivido unos años impagables y me haya sentido respetado por ser precisamente lo que soy, músico. Pero, en última instancia, he querido regresar porque sigo perdido…
… continúan aplaudiendo, me sudan las manos, parece que me han extrañado. Que irónico, esto confirma que el dolor también posee un lado cómico, sin duda. ¿Qué pensarán de mi rostro inexpresivo?…
… os lo agradezco, pero ya podéis dejar de aplaudir, por favor. Me fui y he regresado, aquí estoy. ¿Y vosotros, dónde estaréis mañana? Ahora lo único que deseo es hacerle el amor con la yema de mis dedos a ese piano de la esquina.
Ahora vamos a tocar.

Bud Powell está cómodo aquí, al menos eso es lo que me dice siempre, pero yo sé que aún no termina de acostumbrarse al cambio. Añora demasiado Nueva York. A los croissants y al café sí se acostumbró en seguida, pero eso es sencillo, aunque a decir verdad se amolda mucho mejor a las pastillas y al vino. De momento vive en mi casa. Intento ayudarle a que sus desmanes sean lo menos prolongados y perniciosos posible, pero no es nada fácil. Cuando sufre alguna de sus crisis es espantoso, se me parte el alma verle en ese estado. Es un buen hombre y este desasosiego no lo merece. Sin duda, es más gratificante observarle golpear las teclas, como un miriápodo enfurecido que no se sujeta a modelos concretos, y viajar con él a mundos aún desconocidos.
He escuchado por ahí que le llaman «el revolucionario de lo melódico en la rítmica», «el Che Guevara del bop», «un mártir de la poesía musical» y alguna suerte más de pedanterías. Aunque, al fin y al cabo, todo eso sin tanta ostentación sea cierto, no deja de estar incompleto. Yo sé que es todo eso, sí, pero también es un hombre atormentado con dos personalidades. Una que le impulsa a luchar y superar sus problemas, para así poder tocar y crear música. La otra le arrastra a la autodestrucción, a la falta absoluta de respeto hacia sí mismo. Espero que esta última no gane la partida.

Esto es increíble, inaudito, aquí me tienen encerrado en un piso del East Side para asegurarse que no falto a los conciertos. Encerrado como un animal, solo falta que me encadenen a la pata de la cama. Tantos años de lucha contra la abolición de la esclavitud para nada. Pero qué se han creído, que haya salido de un hospital psiquiátrico no les da derecho a tratarme como a un tránsfuga tarado. No entiendo por qué tengo que estar bajo observación y control de un tutor legal para poder estar en al calle, ni que fuera un niño, ni que fuera un asesino en serie.
Tan difícil es hacerles entender que lo único que quiero es que me dejen tranquilo, que ya es lo suficientemente profunda y oscura la prisión que sostienen mis hombros como para tener que aguantar más cárceles y más calabozos.

Todo el mundo sabe que bebop es el sonido que se escucha cuando la porra de un policía hace impacto en el cráneo de un negro. El Buda está ingresado en el Creedmore Sanatorium y, entre sesión y sesión de electrochoques, le da por pensar en estas cosas. Otra posibilidad, añade en su reflexión, es que el bebop sea la palabra con la que se refleja onomatopéyicamente el intervalo de quinta disminuida descendente. El be y el bop, entonces, se unen al entonar tales saltos melódicos. Otra explicación más del posible origen de esta palabra. Pero si le dan a elegir el Buda se queda con la primera, opina que es más realista.
La tarde es en extremo calurosa y el señor Powell, es decir, el Buda se encuentra más inquieto de lo normal. Hoy le permiten tocar el piano si acaso un par de horas. Este ritual se repite solo un día a la semana y bajo la supervisión de un asistente, esas son las normas. Como resultado el Buda pierde la memoria y sus articulaciones viajan perezosas por unas teclas nacaradas que a veces lo miran con estupor.
El Buda a su manera resiste, en ocasiones demasiado desorientado, pero aún así resiste. Un luchador eterno. Solo quedan unos minutos para que, por fin, pueda estar frente al piano y perderse o encontrarse, que viene a ser lo mismo. De modo que, mientras espera inquieto, el Buda vuelve a dirigir sus pensamientos hacia el bebop y su etimología, para terminar descubriendo que lo ha vivido en todas sus dimensiones: como la música que le sostiene, como esos golpes que duelen de por vida.
El Buda soy yo.

No entiendo qué ha pasado. ¿A qué ha venido esta paliza? Menudo golpe en la cabeza. Apenas si me acuerdo de nada. No es la primera tunda que me propina un policía y algo me dice que tampoco será la última, pero todo tiene un límite. Desgraciadamente, este ya se ha quebrado.
Creo recordar que iba con Monk, caminábamos sin aspavientos ni llamar la atención, simplemente caminábamos. Fue entonces cuando se acercaron aquellos policías y después me sobrevino un escalofrío que no era, ni más ni menos, que el emisario de un auspicio envenenado. No sé cuánto tiempo llevo en este hospital, no puedo hablar y este maldito dolor de cabeza va a acabar conmigo. Me despertaré cuando la luna se vista de rojo y ya no quede más verdad que el silencio. El horror camina con paso decidido sobre la joroba de mi tormento. Esto no tiene sentido, nada lo tiene ya.
-NG-

4 comentarios:

Antonio Manuel Rivero dijo...

quién ha escrito esto?

nueva sodoma dijo...

pues será del algunos de los tarados jazzeros de esta jodida urbe... New Gomorre is dead

Bram dijo...

Excelente, eres el maestro del realficcionalismo.

Por cierto, ¿para cuándo una generación perdida de músicos de jazz?

Contento de verte con fuerza y de vuelta en la ciudad.

Bram -NG-

Anónimo dijo...

qué bueno, rubio.... no estaría nada mal que el autor de Rashomon participara en el próximo recital que tenemos a la vista, que parece que va a ser bastante pronto. un abrazo

Juan -NG-