10 jun. 2009

Cadáver exquisito




El sábado pasado estuvimos presentando el Colectivo de Animación a la Lectura y a la Escritura Guy Montag en Rota. La tarde caía en el pinar y la gente que nos rodeaba estaba con ganas. Hablamos de la génesis del colectivo, de los proyectos que por ahora tenemos en marcha, de la doble vertiente que para nosotros tiene la literatura como lectura y escritura, del papel de la lectura como arma de pensamiento, de la escritura como ejercicio democrático... Justo entonces una simpática señora: «Pero si yo no sé escribir...». También por eso estábamos allí, porque la escritura no es una gran palabra cargada de retórica y leyes insondables, la escritura es, entre otras muchas cosas, un espacio abierto, un diálogo, un intento por trascenderse, un impulso, una interpretación, una cosmovisión que se revela…


En esas estábamos cuando el increíble Álvaro cargado de palabras inició su relato. Se trataba de una historia que había elaborado un rato antes apoyándose en un juego de azar, un puñado de palabras extraídas de una caja-poema, ese artefacto irreverente de creación individual o colectiva que ha puesto en marcha el colectivo; unas cajas, en suma, llenas de perlas en forma de palabras, repletas de posibilidades literarias, cargadas de memoria, unas cajas radicalmente enfrentadas a aquella otra tan tonta, un paralelepípedo que nos devuelve la palabra y el juego, las riendas, la dignidad vía el lenguaje, una acción púgil que acabará derrotando la anestesia social.


Álvaro nos arrancó unas risas y animó a la elaboración de nuestro segundo cadáver exquisito para el que nos servimos de las palabras contenidas en la caja-poema (lamentamos comunicarles que el primer cadáver exquisito lo han confiscado y puesto en cuarentena los esbirros de la Censura de la ciudad por razones de seguridad que a nadie se le escapan).


Quede aquí el resultado del experimento y nuestro agradecimiento a Álvaro por su impagable ayuda, a Mimi por su hospitalidad y por cedernos ese magnífico espacio, el bar Los Pinos, donde nos sentimos como en casa, a todas las personas que compartieron con nosotros aquella tarde, a Javier y Ana, al viento que viene del mar, a las tres chicas risueñas de la segunda mesa, a Eduardo y Rochi, a Lola y a Bolaños (¡sí!), a Curro y Bea, a Pilar y Henry, a Nico, y a Hafe y a María que de alguna manera también estuvieron allí.


Cadáver exquisito: Bar los Pinos : Rota : 6 de Junio de 2 mil 9


El libro que me dejó Manuela fue demasiado fuerte para entender su contenido para una adolescente, adolescente que había oído que si utilizaba aquellas gafas, que justamente no eran de color de rosa, la vida la empezaría a ver de múltiples colores, «en todos los tonos de grises», le había dicho su amiga, cuando le enseñó aquella llave que abría aquella misteriosa puerta; ¿qué puerta abriría aquella llave?, ¿dónde está mi llave?


En tu corazón veo estrellas de mi pensamiento bajo la luna maravillosa, como la maravillosa tostada que me comí esta mañana con un aceite de Jaén que de tan verde resplandecía en el cubo de la fregona que dejé en la cocina, en un desierto en el cual hay un nómada que refulge con resplandor por su atuendo negro en un mar de minúsculas perlas. Las perlas del desierto son tan bellas como tu alma, que embriaga como las perlas del desierto, ¡oh, desierto de Atacama!


No me lo podía imaginar y, sobre todo, lo bien que me he acoplado al tronco del árbol en el que había un altavoz que soltaba un sonido tan estridente que parecía una escoba para el silencio, porque estamos felices de reírnos, y no lo digo con sarcasmo, sino con todo cariño, y no sabes cómo nos está afectando la burbuja inmobiliaria, que estalló súbitamente arrojando una lluvia de flores que fueron reparando la tierra esquilmada por el cemento y el alquitrán. Girasoles, geranios y gladiolos crecieron aquí y allá con el ritmo del abismo, con la alegría agarrada a las costillas y la intuición de que, esta vez sí, esta vez sí que estaban haciendo algo grande, y espero, como el pastel de nata que me dieron a cambio del ruiseñor que cantaba la canción de la rosa y la espina, el que murió por un amor que no valí a la pena, porque ella prefirió la joya del príncipe.


Y el estudiante no lo supo jamás y regresó al libro de cinéticas ocultas que hará que todos los fantasmas mortales vuelvan a sus infiernos particulares y nos dejen vivir tranquilos.


Nota: En negrita una aproximación de las palabras de partida con que contaba cada uno de los participantes para la confección del cadáver exquisito.



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