28 may. 2009

Reinaldo Arenas



Heterodoxo, irreverente y comprometido con la libertad individual son algunas de las ideas que se iluminan instantáneamente si pienso en calificar al cubano Reinaldo Arenas (1943-1990). Aunque momentáneamente reconocido por la interesante película de Julian Schnabel, este espacio de rescate parece venir al pelo al poeta (ante todo), novelista y dramaturgo, no solo porque en realidad sigue siendo un autor relativamente ignorado, sino sobre todo por la relación de su escritura con algo tan actual, tan universal, como la afirmación radical de la libertad de ser en el mundo ante los sistemas políticos, ante sus tecnologías de homologación de la subjetividad. Aun así, sería un error quedarnos con una visión parcial de Arenas, centrada en la afirmación radical de su homosexualidad o de sus ideas políticas, su obra va mucho más allá, apoyándose en la áspera pero refinada viveza expresiva de su poesía alcanza cotas importantes igualmente en la prosa, donde podría destacarse El mundo alucinante (Tusquets), una novela barroca en toda regla donde se atreve con el género que tan bien cultivó su maestro y amigo Lezama Lima. El resto amigos, harán bien en descubrirlo por ustedes mismos, merece la pena, como sucede siempre con los «buenos poetas», por la belleza y la verdad sobre la existencia que arrojan sus versos. El poema que sigue toca de cerca a la ciudad neogomorrita y sus derivas, la esperanza puesta en la juventud, el descreimiento de la esclerosis intelectual que legitiman los establishments de cualquier tipo…



Únicamente, única mente



LOS ADOLESCENTES esconden su estupor bajo ademanes

ásperos.

Los adolescentes intentan protegerse con señales libidinosas.

Hacinados en el camión, alguien miró la luna cuando ya

abandonábamos la ciudad.

Al menos ella existe, al menos aún ella está igual.

Qué se puede esperar de esta juventud

hecha a la persecución, a la orden insoslayable,

a los largos discursos altisonantes,

al trabajo obligatorio e inútil,

a la sucesiva inseguridad.

Nada, nada puede esperarse de de esta juventud.

Los adolescentes ajustan sus gastadas ropas,

se lanzan frenéticos al mar.

Formidables y violentos se desparraman por

las antiguas avenidas predominantes.

Finalmente, se disuelven en la luz del trópico.

En el hediondo recinto donde se aguarda por el

interrogatorio hay una alta ventana de cristal esmerilado, y

más allá, y más allá, ¿qué?

Qué puede esperarse de esta juventud

que va a una universidad donde no enseñan lenguas

sino textos temibles,

que habita un sitio donde siempre se les comunica

por qué deben morir constantemente,

por qué debe estar dispuesta a renunciar a todo

aún a la dicha del propio renunciamiento.

Que se puede esperar de esta juventud a la que le

dicen tienes que hacerte trabajador agrícola,

que le ordenan tienes que convertirte en militar,

que se les ordena vivir bajo la servidumbre y

la miseria,

sin siquiera tener el desconsuelo de expresar su desesperación.

Todo, todo se puede esperar de esta juventud.

Atravesaremos la ciudad devastada.

Atravesaremos la ciudad en ruinas.

Atravesaremos la ciudad en perenne erosión,

y no miraremos las vidrieras vacías y

no nos entretendremos en las colas inacabables

y no miraremos los grandes insultos que devoran

los polvorientos ventanales;

no miraremos a ese hombre que humillado y hambriento

cruza silencioso y enfurecido la calle;

no miraremos a la gente que se agolpa frente a un

establecimiento

donde posiblemente venderán refrescos de albaricoque

dentro de

7 horas.

Nada miraremos, sino que seguiremos por la ciudad

en constante derrumbe y únicamente nos detendremos

frente al mar.

Únicamente frente al mar abriremos los ojos.

Únicamente frente al mar respiraremos un instante

(ni siquiera se vislumbra el estimulo de una

esperanza colérica).

Únicamente.

Única

Mente.


Reinaldo Arenas. Inferno, poesía completa. Lumen, 2001.



2 comentarios:

nueva gomorra dijo...

¡Bravo Palace! Gracias por este rescatazo, un canto a la libertad del individuo, un dolor punzante en el pecho ante la decadencia social, pero un dolor que avanza hacia otra cosa, que no se queda atrás, nunca.

Si todas las entradas que a partir de ahora tendrá usted a bien mandarnos son como esta, sepa que la espera nos será en la ciudad grata brisa en cálida tarde de callejas y plazas (aprovecho para rescatar el barroquismo zut zut..zut).

Le coronamos, a pesar de nuestro odio desmesurado hacia este símbolo, le coronamos insigne monarca del rescate y del poema, monarca del Palacio Gomorro.

Nueva Gomorra le envía un cálido abrazo.

Linda Durán -NG-

Anónimo dijo...

una preciosidad, señor Justice Palace, es un poema que extasía a cualquiera, que bonito... franca
mente...