2 abr. 2009

Watanabe Sánchez (1)


Todo sucedió durante el camino de regreso a casa, tras una intensa semana de trabajo en la carretera. No me podía quejar: el negocio iba sobre ruedas y mi cartera apenas podía contener la masa informe de catálogos, recibos y contratos de venta. La representación comercial tiene sus contradicciones, sus miserias, sus ventajas, sus incertidumbres. Podría decirse que se trata de la más espontánea alegoría surgida de las fauces del capitalismo, de un juego que funciona más allá de toda regulación o previsión y cuyas curvas constituyen la más perfecta y constatable materialización de los ciclos de Jutglar, con sus pequeñas fases ascendentes y descendentes, sus destrucciones creativas, sus colapsos y reequilibrios. Había calculado que tardaría entre diez y doce días en recorrer la costa oriental, pero una semana más tarde me había dado por satisfecho. El trabajo había concluido antes de lo previsto. Grandes negociantes los costeros, tipos valientes y decididos, buenos inversores de su tiempo, su dinero y su talento. Así que durante el camino de vuelta a casa, decidí entretenerme y holgazanear como el mendigo espiritual que en el fondo siempre he sido. Compré un mapa de carreteras en una gasolinera y elegí arbitrariamente un camino de regreso entre todos los posibles.

No puedo negar que, detrás de esta decisión libre y altruista, se escondía un sano interés por chequear oportunidades de negocio en nuevos espacios. Como iba diciendo, la representación comercial tiene sus paradojas: tiempo de vida, tiempo de ocio, tiempo de negocio… todo es tiempo, todo al mismo tiempo, no se si me entienden. Pero en principio, muy en principio, había planteado mi regreso como una pequeña aventura. Durante los dos primeros días me dediqué a disfrutar del paisaje y de la gastronomía local, deteniéndome en las ventas y bares que iba encontrando en los márgenes de la carretera. Pasaba las noches dentro de mi auto, de modo que apenas me separaba del camino, un camino suave y ondulado que iba dejando atrás un rosario de ciudades y pueblos cuyos nombres he olvidado. Al tercer día, cuando comenzaba a vislumbrar las primeras estribaciones montañosas y buscaba una salida que me comunicara con el paso del suroeste, me crucé con un desvío que no figuraba en el mapa: «N A GO RA. 3 0 m tros». Algunas letras habían desaparecido y eso despertó mi curiosidad, así que decidí aventurarme tomando la primera salida a la derecha. Recorridos aproximadamente 20 kilómetros me topé con la señal de entrada a la población. Y, una vez más, el letrero parecía incompleto: «Nu a G rra». Decidí que en el fondo me importaba un carajo el nombre de aquel lugar: ya que había llegado hasta allí, por qué no tomarme un café y despejarme un poco. Aparqué mi vehículo en la avenida principal y entré en la primera cafetería que encontré, una cafetería cuyo nombre no dejó de llamar mi atención: «Café de la Ausencia».

Tras la barra dormitaba un camarero de apenas treinta años. Ningún comensal a la vista, ocho mesas rodeadas de sillas y distribuidas aleatoriamente por la sala, una serie de fotografías y retratos colgados de las paredes y un gran mural que decoraba el muro del fondo. Saludé al camarero y le encargué un cortado y una copa de aguardiente. Mientras me servía le pregunté por el autor de aquel mural que pretendía reproducir un collage de datación incierta. «El autor del mural le está sirviendo aguardiente en este momento, señor –respondió el camarero– se trata de la reproducción exacta de un collage de Rodchenko, el artista soviético. ¿Lo conoce?». En ese momento me vino a la cabeza una vieja historia familiar que me contó la tía Esther. «Alexander Rodchenko, ¿cómo no iba a conocerlo?», respondí tomando cierta pose de señorito urbano que reparte bendiciones entre la gañanía. Debo apuntar que apenas sabría distinguir un Rodchenko de la cubierta de un paquete de galletas. «¿Y qué hay de los retratos que decoran las paredes? ¿Venían con los marcos? ¿Son miembros de tu familia?», volví a preguntar mientras le daba un profundo trago a la copa de alcohol. Cualquiera diría que estaba buscando una paliza desesperadamente. «Podría decirse que sí –contestó–. Se trata de la Generación Ausente. El nombre del café es un homenaje a su valentía, a su coraje, a su demencia. Los de aquella fotografía de la esquina son Vera y Tièpolo –empezó a decirme, como si yo los conociera de algo–. Aquella en horizontal –seguía señalando la pared– es una de las pocas fotografías grupales de algunos miembros de la generación. Y ese de más abajo es Watanabe, un japonés mestizo –se apresuró a explicar–, nada que ver con José, el poeta peruano. Watanabe Sánchez».

Al escuchar ese nombre casi escupo el contenido de mi boca sobre la superficie de la barra. «Enséñame su retrato», ordené. «Si no es mucha molestia», maticé. El camarero esgrimió una breve sonrisa y, tras pasar por debajo de la trampilla de la barra, me acompañó hasta el fondo de la sala y señaló un retrato grupal. «Al parecer no existen retratos personales de Watanabe, pero se supone que es este señor con sombrero que nos contempla desde el infinito», dijo señalando una figura con el dedo. En efecto, en la fotografía posaba un nutrido grupo de individuos en aparente formación. Para cuadrar el enfoque, el fotógrafo tuvo que alejarse demasiado, de modo que las facciones de Watanabe apenas se encontraban ligeramente definidas. «¿Son ellos?», insistí. «¿Quiénes?», respondió el camarero. «¿La Generación Ausente?». Él chico soltó una carcajada antes de responder. «La Generación Ausente apenas estableció una comunicación más allá de lo epistolar y lo espiritual. No tengo ni idea de quiénes son esos tipos. Ya le he dicho que en la generación de la ausencia sólo Watanabe era japonés, más bien mestizo. Si presta un poco más de atención se dará cuenta de que esta fotografía está cuajada de ojos y sonrisas orientales. ¿Lo ve?». Contemplé la fotografía unos minutos. Durante ese tiempo ninguno de los dos dijo una palabra. Supuse que la fotografía fue tomada en el exterior de la oficina de reclutamiento de Yokohama, posiblemente en 1942, ya iniciada la guerra. Al cabo de un rato el camarero me dirigió una mirada sombría. «De todas formas, creo que es la última fotografía en la corta vida de Watanabe. Parece ser que murió en la batalla de Guadalcanal. Apenas tenía 17 años. Tiempos convulsos». Negué con la cabeza. «¿Tienes tiempo para escuchar una historia extravagante?», le espeté. «Todo el tiempo del mundo, pero solo si la historia es realmente extravagante o estridente», contestó con desgana escondiendo la mirada por debajo de sus profundas ojeras. «Tengo buenas noticias para ti, muchacho». Por un momento me arrepentí de todo aquello. Pero qué más da, pensé. Llegados a este punto no hay razón para no continuar. «Watanabe no cayó en Guadalcanal. Fue hecho prisionero». El muchacho me lanzó una mirada de sorpresa. «Permaneció en manos de los americanos durante el resto de la guerra, y tras la rendición se negó a ser repatriado, tomando el camino del exilio, precisamente, hacia Estados Unidos», continué. El chico me lanzó una dura mirada de reprobación. «Si piensa que estoy dispuesto a aguantar una sola de sus gilipolleces debe de ser estúpido», dijo el chico, señalándome con el dedo índice en señal de advertencia. «No he venido aquí a pelear, tranquilízate. Escucha mi historia y, si no te gusta, eres libre de darme una buena tunda. –continué sin dejarme intimidar–. Mi padre se estableció aquí hace unos cuarenta años, era militar, nacido en New Hampshire. Mis hermanos y yo nacimos aquí, no aquí precisamente, en esta ciudad cuyo nombre se desvanece, pero nos criamos no muy lejos de aquí, así que somos paisanos, como suele decirse. Mi madre era mexicana, de Hermosillo. Su hermana menor se desposó con un ciudadano japonés en 1955, lo cual supuso un verdadero escándalo dentro de la familia, y más teniendo en cuenta la cercanía del conflicto. El nombre de aquel japonés era Haruto Watanabe, pero como ciudadano americano decidió cambiarlo a Watanabe Sánchez, en memoria de su madre. Era mi tío».

8 comentarios:

Lotarino dijo...

qué bueno. estoy deseando conocer más detalles de la generación ausente! watanabe es un puto crack!

bram, premiada por partida doble, eres la mamba negra de new gomorre! y si por una jodida vez en nuestra vida nos da por pensar a lo grande!

Anónimo dijo...

Mensaje para jules cortezas du pork... es difícil hoy, ya sabes, echarte un cable, mandarte un abrazo, cortarle el pescuezo a cualquier hijo de perra con el que te estás partiendo la cara y la vida hoy. es difícil, hoy más todavía, cuando parece que al que le pesa la espalda es a mí. qué difícil aguantar, qué difícil... peor que alicia, ese personaje del campos, el mensaje que deja en el contestador sobre el silencio y la cobardía. el silencio... me voy a estrellar un día con una bola de nieve llena de piedras. tengo ganas de vomitar algo que no sé qué es... qué fácil sería arreglarlo con un abrazo y una botella de vino, algo de música, mi habitación tropical!

Investigadora de la Generación Ausente dijo...

"Lo que en principio fue tan solo una sosprecha se materializa. Tiépolo ha respondido por fin a mi carta. Da noticias de un tal Watanabe Sánchez que viene a confirmar una imprecisa intuición que albergaba desde hacía algunos años. Sí, Watanabe es el padre espiritual de la Generación Ausente. Pero esto no aclara nada. Vuelta a empezar con la investigación. Vais a acabar conmigo".

Extracto de uno de los diarios de Alejandra García, primera investigadora de la Generación Ausente. Alejandra lo escribió poco antes de que un cáncer le comiese el corazón. Burdeos, 2004. Yo también estaba allí.

Watanabe Sánchez es el mejor poeta de la segunda mitad del siglo XX.

La historia que hoy publica J.J.C.C., egregio investigador de la Generación Ausente, a modo de primicia en Nueva Gomorra tan solo es una de las cabezas de la hidra que revolucionará la teoría y la crítica literaria de nuestro siglo.

Gracias por compartir con nosotros tu trabajo, José. Esto es poco menos que brillante.


Investigadora de la Generación Ausente -NG-

Anónimo dijo...

Estimados Señores:

La repentina aparición del documento titulado "Wanatabe Sánchez (1)" ha puesto patas arriba tanto el programa como los protocolos y las líneas de investigación que este departamento venía desarrollando durante la última década en lo relativo al dossier "Cazador de Aviones". Atendiendo a ulteriores informes elaborados por el MI6, las consideraciones emitidas por su organización con respecto al origen de la referida misiva son erroneas. Tras comparecer esta mañana en el cuartel general de Vauxhall Cross, he sido informado de que, tras exhaustivas investigaciones grafológicas, dactilares y capilares, se han desechado las hipótesis relativas a la posible implicación de los señores Bram y Tiépolo LaMothe. En este sentido, aconsejo a su organización que refuerce sus sistemas de contravigilancia y anticensura. No me cabe la menor duda de que tienen un topo infiltrado, y no me extrañaría que este individuo mantuviera una extrecha relación con alguna persona vinculada con el caso "Cazador de Aviones". Nuestros caminos se cruzan y se pierden de nuevo. En cuanto al contenido y las revelaciones contenidas en la referida misiva, nadie podría asegurar si se trata de informaciones veraces o de una simple y llana tergiversación de la historia. Seguiremos en contacto.

Muy Atentamente:

Alan Maxwell
Government Communications Headquarters. Cheltenham (U.K.)

Bram Lynch dijo...

Estimado Señor Alan Maxwell:

Concuerdo en que ni yo mismo, Bram Lynch, ni Tiépolo LaMothe son responsables de la autoría de dicho documento, lo que no me acaba de cuadrar es la interferencia del M16 y del Cazador de aviones en todo este asunto.
Sí, debemos de tener un topo campando a sus anchas en las lagunas investigativas de nuestro trabajo. No nos va a quedar más remedio que ponernos manos a la obra, atar cabos y acabar con él.Categórico.

Por cierto, para ser usted británico maneja la lengua de Cervantes con un desparpajo que dejaría boquiabierto al mismísimo E.V.M. Obviamente, esto me hace sospechar, o bien su segundo apellido es latinoamericano o español, o bien estoy dirigiéndome al mismísimo topo en persona.
Le ruego que se explique y que aporte más información que nos ayude a deshacer este entuerto. El asunto es serio. En caso contrario nos veremos obligados a usurpar identidades (materia en la que, si mi olfato de sabueso no me falla, es usted un experto).

Atentamente,

Bram Lynch, miembro temporal de la Comisión investigadora de la Generación Ausente de poetas nipones -NG-

Anónimo dijo...

cómo puede ser que una gomorrita lea el texto, y los comentarios vomitados en relación a él y después de intentar comprenderlo todo, se da cuenta de que el maremagnum es cada vez mayor entre sus cejas y su pelo?

Juliette Croûte dijo...

en el caso de que un topo hubiera aparecido por este espacio, ya sea virtual, residual o material, es necesario que los que exponen más arriba sepan que están siendo a su vez investigados por mantener conversaciones de manera bilateral, sin exponerlo en el consejo permanente pero cambiante y direccional, que no directivo, y que a su vez, como es cambiante, en este mismo instante, cambia de opinión y actitud y os traslada que estamos completamente de acuerdo en que se usurpen identidades, o es que no se puede? y porqué no se puede? argumentos esperamos. y dónde dice que no se puede? y porqué las ingles? las ingles y dios. adiós.

Juliette Croûte
miembro del consejo permanente, pero cambiante y direccional, que no directivo de NG (área boom-erang).

Anónimo dijo...

Queda usted excluida del Consejo Permanente por perturbadora del Orden que la vuelve a admitir de inmediato en virtud del Artículo de Heráclito (ya saben lo del río y el agua que nunca es la misma y la gran vaina) número 199898 de la Anticonstitución de la ciudad imposible.

Bram Lynch Stoker, enamorado por siempre de la Croûte. Te amo de un amor inmenso e infinito. -NG-